Hipocresía y Otras Virtudes: Las Cortinas ~ Sergio Cilla

Quod Licet Lovi, Non Licet Bovi, lo que es lícito para Júpiter, no es lícito para todos. Hipocresía y Otras Virtudes es una serie de historias que ilustran la doble moral, y el doble discurso en la sociedad, el sermoneo, lo clandestino, y la impunidad que confiere el poder.

Hoy, Sergio Cilla nos invita a compartir Las Cortinas, un relato satírico y costumbrista de la fauna humana.

Las Cortinas

María Inés corrió las cortinas del comedor lentamente y observó la calle. Nada interesante. Se dirigió a la cocina, y movió de a poco las cortinas, manteniéndose escondida, para observar el patio contiguo.

Las cortinas eran el observatorio de su fortaleza. Le permitían avistar posibles ataques enemigos, y alimentar su necesidad de fantasías. Antonio, su primogénito, siempre decía: “al menos esto le llena la vida”. Y supongo que le faltaba agregar: “… y no jode”.

Alberto observaba estos rituales desde el sillón de la sala, tirado como una alforja, siempre con la televisión encendida, protestando por los ruidos que hacía su esposa.

De pronto el rostro de María Inés se iluminó por completo. Esa era la señal de la orgásmica sensación del chisme. Aunque ella prefería la palabra “historia”. Luego se encontraría con alguna de sus compinches del barrio y le diría: “tengo una historia para contarte”, y sus vidas ya estarían resueltas por el resto del día.

A veces, las historias eran tan escasas, que María Inés había desarrollado una habilidad natural para estirarlas y derivarlas en algo más novelesco. Ella se calificaba como “una mujer con una intuición nata”, que le hacía imaginar lo subyacente de cada uno de los eventos que compartía con sus colegas.

-Esa negrita, otra vez -comenzó a decir María Inés en voz alta, para llamar la atención de su esposo. Esa era la estrategia: comenzar con una frase disparadora, para a partir de ahí manipular la atención de Alberto.

-No le digas así, mujer. Ya te lo dijo Antonio. No se dice más esa palabra. Eso se decía antes, como lo de cabecitas negras, pero ahora hay todo eso de… que se yo… los recursos humanos…

-Los derechos humanos, bestia -le respondió María Inés refunfuñando-. Y esta, te guste o no, es una negrita… y no sólo porque tiene la piel y el cabello oscurito, sino porque se la ve así, como de la villa.

Sebastián, el sobrino, vivía en la casa de al lado, que era parte de la misma propiedad, y compartían el patio. Era hijo de la hermana de Alberto, que ya había fallecido. Tenía más de cuarenta años y vivía solo. María Inés siempre dejaba en claro el parentesco con la frase “tu sobrino”. Y cuando Alberto se molestaba, ella contestaba: “en mi familia somos rubios, y vamos a la iglesia, no hacemos estas cosas”.

Esto enfurecía a Alberto a diario, quien terminaba todo enrojecido y gritando desde el sillón: “mi familia vino de España para ganarse el pan, y no van a la iglesia porque se matan laburando… no como la tuya, tanos roñosos, vagos de mierda.”

-La negrita esta… -continuó María Inés, pero como murmurando, para llamar aún más la atención de Alberto-, tiene a un pibe de la mano… mmm… tendrá unos nueve años. Mirala a esta zorra, se lo tenía guardado…

Como veía que Alberto no se enganchaba en la historia, María Inés soltó las cortinas abruptamente, se metió en el dormitorio, se acomodó el batón y la enagua frente al espejo, se pintó los labios, se puso las sandalias, tomó su cartera de las compras y salió estrepitosamente hacia la calle.

Era media mañana, y sabía que alguna de sus compinches podría estar en la panadería del barrio. Era una noticia imperdible, y ameritaba la caminata con ese calor.

-Tengo una historia, Teresita -le dijo María Inés a su amiga en la panadería, mientras contenía su agitación, mezcla de la corrida y de la emoción-. Apareció la negrita esa otra vez, en la casa del sobrino de Alberto… pero esta vez con un niño de la mano.

Teresa se llevó la mano a la boca conteniendo la sorpresa.

-Te lo dije… -continuó María Inés, comiéndose las palabras en su afán por decir todo lo que quería lo más rápido posible-, esta tiene un montón de pibes, y se los va a ir trayendo poco a poco. ¿Viste? Yo no sé qué hacer… yo le dije a Alberto que tenía que hablar con Sebastián, porque esa casa es de todos… y ¿en qué se va a convertir? ¿En una villa?… con todos estos pata-sucias… Y me juego que, la otra mañana cuando ella se quedó a dormir y se fueron tan temprano, seguro que él la acompañó a hacerse un aborto.

-¡No! -respondió Teresa en un tono que hizo girar la cabeza de todos en la panadería-. ¿Por qué imaginás eso?

-No lo imagino, Teresita, él jamás se levanta antes del mediodía… y luego volvieron, y ella entraba caminando y se agarraba ahí… -haciendo una señal hacia la entrepierna.

-¡Qué horror, Inesita! -le respondió Teresa, que no podía salir de su asombro-. Hablando del tema, y ahora que están con esa historia de los pañuelos verdes, el otro día la escuché a Tina en el programa de la tarde.

-Sí, yo también la vi, Tere. ¡Cómo me lo iba a perder! -continuó María Inés con total desparpajo-. Pero eso es distinto. Tina es una artista, y ella es de familia bien, ¿viste?

-Sí, y contó que pagó mucho dinero, pero se lo hizo en una clínica -agregó Teresita con total inocencia.

-Igual, no hay que comparar, Teresita. Porque esta es una negra come-mierda, es otra cosa. Seguro que le metieron unas agujas. ¡Qué horror! Lástima que no se desangró toda…

-¡Ay, por Dios! Mujer, no seas tan cruel -le dijo Teresita, con un tono de preocupación.

-Es que sólo quieren hijos para cobrar el seguro social, y estoy convencida de que Sebastián no quiere hacerse cargo de otro, y por eso le pidió que abortara… yo lo tengo todo muy claro. Ese es otro vago, que está esperando que se muera mi Alberto, así me quita la parte de la casa.

-Bueno, María Inés -comenzó a decir Teresita, como sintiéndose un poco molesta por el tono que había tomado la conversación-, te tengo que dejar que tengo que hacer la polenta para el almuerzo.

Las amigas se despidieron y María Inés se volvió a su casa, con unos pancitos bajo el brazo.

-¿Ya te descargaste en la panadería? -le espetó Alberto cuando abrió la puerta.

-No me digas así, Alberto -comenzó a decir María Inés, con un tono de consternación-, sabés que soy sensible, y que estoy muy preocupada por el Sebastián. Esa negrita le está haciendo hacer cosas que él seguro no quiere.

-¿De qué hablás? -le preguntó su esposo.

-Y encima, la tarada de Teresita -continuó María Inés, como ignorándolo-, me viene a comparar el caso de la negra esta con Tina. ¿Viste la actriz que contó el otro día en la tele que se había hecho un aborto? Pero ella es una chica fina, con educación… es otra cosa. Ella tiene plata…

María Inés se quedó pensando por unos segundos.

-En cinco minutos echo los fideos, Alberto.

-Apurate, que tengo hambre. Traeme un salamín con el pancito ese que compraste, mientras espero.

Sergio Cilla

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