Celestina y el Teléfono II ~ Sergio Cilla

Les compartimos la segunda y última parte de “Celestina y el Teléfono”, de Sergio Cilla. El misterio se devela, y Celestina se pone en campaña para que la verdad salga a la luz.

Si no has leido la primera parte de este relato, ve primero a: Celestina y el Teléfono

Celestina y el Teléfono II

Celestina barría la vereda, como lo hacía cuatro o cinco veces al día, y pensaba: “¿Sobre qué estaría hablando Marito? Yo escuché las palabras embarazo, hija de alguien, y que necesitaba diez mil pesos. ¿Este no habrá dejado a alguna del barrio embarazada, y ahora necesita ese dinero para pagarle un aborto? ¡Qué horror, por favor, las cosas que pasan hoy en día!”
Mario había sido la primera víctima, y Celestina entendió que si quería enterarse de lo que los vecinos hablaban por su teléfono, tendría que ponerse más cerca. Así que colocó un sillón cerca del teléfono, donde puso su tejido y una revista, como para simular que ella estaba sentada ahí cuando llegaron.
Celestina seguía barriendo la vereda, mirando para las casas de todos, pensando en Marito, cuando de pronto oyó que el teléfono estaba sonando. Soltó rápidamente la escoba, se acomodó la enagua, y entró corriendo a la sala de estar.
-Hable… ¿quién habla? Perdón que esté tan agitada, pero el teléfono está lejos y no quería perder esta comunicación. Pero… ¿quién habla?
-Si usted se callara un poco, podría decírselo -se escuchó la voz de una mujer del otro lado de la línea, con un tono de disconformidad.
-Bueno, disculpe -contestó inmediatamente Celestina- es que soy nueva en esto del teléfono.
-¿Podría hablar con Mario, el del almacén? -la interrumpió nuevamente la voz femenina.
-Mario no vive acá, pero yo puedo dejarle el recado -contestó Celestina, sintiendo que la sangre le subía por todo el cuerpo. De haber existido una forma de sacar una fotografía de su cerebro, estaría todo lleno de estrellitas de colores.
-Dígale que lo espero el lunes a las 9:00 de la mañana. Mi nombre es Rosalinda.
-Pero… ¿a dónde tiene que ir? ¿para qué? -preguntó Celestina con mucha ansiedad.
-Él sabe dónde y para qué. Muchas gracias -contestó Rosalinda, y luego se escuchó el “click”, y la comunicación se había cortado.
Celestina se quedó unos segundos con el teléfono en la mano. “Ah, no… ¡yo no puedo permitir esto!”, pensó.
Se paró delante del espejo, se repasó los labios un poco con el labial que llevaba en el bolsillo del batón, se enderezó los ruleros, se acomodó la enagua, y salió hacia el almacén.
Caminaba rápido por la calle, con pasitos cortitos, pero veloces. Es que usaba unas pantuflas de tela que no eran para la calle. “Yo no puedo permitir que este chico le haga esto a sus padres. Don Severo y Doña Ruperta son tan buena gente”, pensó.
Cuando se estaba acercando al almacén pudo percibir un movimiento particular. Algo estaba pasando. De pronto vio que Doña Ruperta salía toda bien vestida, con una pollera negra, una blusa blanca, y una cartera negra en la mano, junto con varias otras personas.
-Doña Ruperta -gritó Celestina, alzando la mano-, traigo un recado para Marito.
-Querida Celestina -comenzó a balbucear Ruperta, mientras se metía dentro del auto-, otro día… Hoy es el casamiento del Marito. ¿Por qué no se viene a verlo a la iglesia?
El automóvil arrancó y Celestina se quedó parada en medio de la vereda. Las piernas hacia adentro, los ojos le daban vueltas, miraba para todos lados. ¿Cómo que el Marito se casaba y ella no sabía nada? ¿Qué estaba pasando en este barrio?
Se volvió rápidamente hacia su casa. Entró al dormitorio, se sacó el batón y se puso un vestidito a lunares, y un pañuelo sobre los ruleros.
-¿A dónde vas tan apurada? -le gritó Carmelo-, te pusiste las sandalias y no te sacaste las medias.
Pero a Celestina nada le importaba en ese momento. Ella sentía que tenía una misión que cumplir.
La iglesia estaba a cuatro cuadras, y Celestina llegó muy agitada, pero a tiempo antes que apareciera la novia. Se sentó en la anteúltima fila, en un banco donde no había nadie. Dos mujeres en el banco de adelante estaban conversando.
-¡Qué alegría que el Marito haya conocido a una chica tan buena, de su casa! -comentó una.
-Sí -dijo la otra-, es costurera y toca el piano. Un amor esa chica.
Celestina hizo un gesto con la boca como que no podía creer lo que estas dos mujeres estaban hablando. De pronto se empezó a escuchar la marcha nupcial y todos se pusieron de pie.
Se podía ver a Doña Ruperta parada en el altar con el Marito, y a la novia entrar caminando del brazo de un hombre mayor. “Pero… ¿cómo no la conozco a esta chica? ¿De dónde es?”, pensó Celestina.
Todos se sentaron y comenzó la ceremonia. Celestina miraba para todos lados, investigando quiénes estaban en la iglesia. Había mucha gente del barrio. “¿Cómo no me invitaron? Si yo lo vi nacer al Marito”, pensó nuevamente, esta vez con una mezcla de decepción y de mucha bronca.
-Si alguien tiene algo que decir, que hable ahora o calle para siempre -se escuchó al sacerdote decir, haciendo una pausa de unos segundos.
Esos segundos fueron varios minutos para la mente de Celestina. Porque todo ocurrió como si fuera en cámara lenta.
-Yo tengo algo que decir -dijo Celestina, poniéndose de pie-, estos dos se casan hoy acá en la iglesia de Dios, pero ella está embarazada, y Marito necesita diez mil pesos para que se haga un aborto el lunes a las 9 de la mañana en la casa de una tal Rosalinda.
Lo que siguió después fue caos y confusión. Gente que gritaba, desmayos, insultos, mujeres que tomadas del brazo se iban de la iglesia con mucha indignación.
Celestina se paró y se acercó sigilosamente, con mucho cuidado hacia una silla donde Doña Ruperta estaba sentada. Dos mujeres la estaban abanicando y el sacerdote le traía un vaso de agua.
-Perdone, Doña Ruperta -le dijo Celestina, con una voz acongojada-, es que yo se lo hubiera dicho en la puerta de su casa, pero usted ni me dejó hablar.
Celestina se acomodó la enagua y salió caminando de la iglesia. No le importaba las miradas, o los insultos, ella sabía que había hecho lo correcto.

FIN

Sergio Cilla


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