Las Mariposas ~ Sergio Cilla

Sergio Cilla comparte con nosotros Las Mariposas, un nuevo relato de su colección “Historias de Mujeres”, y nos invita a conocer el mensaje que un abuelo quiere dejarle a su nieta.

Las Mariposas

Raimundo y su nieta, Virginia, emprendieron el camino que unía Santo Domingo con la provincia Hermanas Mirabel. Era un recorrido de más de dos horas en auto. Habían llegado a República Dominicana la noche anterior, y el objetivo era utilizar el fin de semana largo para visitar la isla. Virginia había cumplido veinte años, y este era el regalo de su abuelo.
-¿Cómo marcha todo con el trabajo? -le preguntó el abuelo, mientras iba conduciendo.
-Bien, en general, todo marcha bien -respondió Virginia con una antipatía poco habitual.
-No te siento muy convencida, m’hija -continuó Raimundo, con un tono inquisitivo-. ¿Es por lo de la protesta?
-¿Cómo sabes lo de la protesta, abuelo? -le preguntó Virginia, sin salir de su asombro.
Raimundo sonrió y siguió conduciendo el automóvil que habían alquilado, dejando el espacio para que su nieta hablara. Pero ella sonrió también y dejó la conversación en ese mismo lugar.
Habían volado desde Miami, donde vivían con Rogelio, el papá de Virginia y el hijo de Raimundo. La madre había fallecido por un cáncer hacía un par de años. Desde ese entonces, Raimundo siempre sintió la responsabilidad de cuidar a Virginia, como si fuera un ángel de la guarda.
La niña, como él la llamaba, estaba haciendo una pasantía para una empresa de productos lácteos, y el abuelo sabía que estaba en problemas. Había escuchado una conversación telefónica, donde Virginia le contaba a una amiga el maltrato que recibía de parte de su jefe, y cuánto temía perder el trabajo. Había comenzado a organizar una protesta con sus compañeras, pero no estaba segura de seguir adelante.
-Siempre vivas en su jardín -Raimundo leyó la placa que figuraba sobre el césped, junto a unas hermosas rosas de Bayahíbe.
-¿Qué hacemos acá, abuelo? -le preguntó Virginia, sin entender por qué habían detenido el auto en ese lugar.
-Vinimos a conocer la casa de Las Mariposas, María Teresa, Minerva y Patria, las famosas Hermanas Mirabal. ¿Alguna vez oíste hablar de ellas, m’hija?
Virginia disintió, mostrando un estado de total desconcierto, sin entender cuál era el propósito de estar en ese lugar.
-Pues antes de entrar, mejor vayamos a algún lugar a comer y a tomar algo, y te cuento la historia de estas mujeres.
Así, Raimundo habló por más de sesenta minutos, capturando la total atención de su nieta, como hacía siempre. Tenía el arte del relato, y la habilidad de rodear sus historias con pequeños detalles, que mostraban lo instruido que era, y que lo ayudaban a ventilar una pequeña dosis de soberbia.
Le contó cómo las hermanas Mirabal habían sido brutalmente asesinadas cincuenta y ocho años atrás, por el régimen opresor del entonces General Trujillo. Empezó el relato con la célebre frase de Minerva Mirabal: “Si me matan, sacaré los brazos de la tumba y seré más fuerte”. Luego siguió con el detalle del activismo de las hermanas, el odio de Trujillo, los pormenores de cómo la policía secreta las había ahorcado, golpeado con palos, y quemado en el interior de un auto, y la particularidad de que estas muertes fueron consideradas por muchos como uno de los factores principales que desencadenó el fin del régimen trujillista.
-Por eso el nombre de estas hermanas se ha convertido en un símbolo de la resistencia femenina -agregó el abuelo-. ¿Sabes? Tu abuela siempre las mencionaba, porque cuando fueron asesinadas, nosotros teníamos veinte años, tu edad, y ellas tendrían unos años más… y evidentemente, este acontecimiento fue muy fuerte para todos. Tu abuela leyó todos los libros, y miró todas las películas, y en algún punto estaba un poco obsesionada con esta historia. Antes de morir, cuando tú sólo tenías cinco años, me dijo: “siempre me sentí honrada por lo que esas tres hermanas hicieron, y al mismo tiempo, siempre sentí que yo no hice lo suficiente en esta vida”. Luego, dejó caer unas lágrimas, me miró fijamente a los ojos, me tomó las dos manos con las suyas y me dijo: “me tienes que prometer, Raimundo, que vas a cuidar de nuestra nieta, como si fuera yo misma, y que no vas a dejar que algún hombre le haga daño”.

Raimundo apoyó la taza de café, y sacó un pañuelo de tela del bolsillo de su saco, de esos que ya casi nadie usa. Se secó las lágrimas, observó por la ventana del café, como buscando una imagen de Hortensia, su difunta mujer, en alguna flor del lugar, e invitó a Virginia a recorrer la casa museo de las hermanas.

Virginia transitó el lugar con una mezcla de curiosidad y emoción. Revisó cada rincón, y dejó llevarse por todas las emociones que ese paseo le estaban transmitiendo.

Cuando salieron y se subieron al auto, antes de ponerlo en marcha, Virginia le pidió al abuelo que esperara, ya que quería decirle algo.

-¿Sabes en quién estuve pensando mientras recorría el museo, abuelo? En mamá, y en la abuela.

Raimundo le sonrió, le tomó la mano derecha entre las suyas, y la miró dulcemente, invitándola a sentirse cómoda, y a confesarle lo que ya era evidente para el abuelo.

-Y sentí que no tengo que volverme atrás con la protesta. ¡Qué importa si pierdo el trabajo! ¡Estas mujeres perdieron sus vidas! Mi jefe es un abusador. Sabe que necesitamos el trabajo, y también especula con su relación de amistad con los de arriba, y nadie me cree. Por eso la única solución es hacer una protesta, y que toda la empresa, y por qué no los medios de comunicación, se enteren de que hay hombres que, aún hoy, siguen tratando a las mujeres como si fuéramos seres inferiores.

El abuelo volvió a sonreírle, pero esta vez con una sensación de pleno orgullo. La beso en la cabeza, se pusieron los cinturones y arrancó el automóvil rumbo a Santo Domingo. Sintió que era misión cumplida, y que ya podrían dedicar el resto del fin de semana a divertirse.

La ONU declaró al 25 de noviembre el día internacional para la eliminación de la violencia contra la mujer, con motivo del asesinato de las hermanas Mirabal.

Sergio Cilla

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