Marie ~ Sergio Cilla

Se prendieron las luces de la sala cuando la función terminó y el grito agudo de una espectadora repercutió en el techo abovedado del teatro, seguido por incontables exclamaciones de horror y sorpresa. La sangre corría por debajo de los asientos como un pequeño brazo de un arroyo. Marie observó impasiblemente el cuerpo de un señor mayor sentado inerte en la última fila de la sala. Las dos últimas filas no se habían vendido, recordó Marie. Hacía diez años que trabajaba en el teatro, y siempre había reservado esas filas cuando había poca venta para sentarse tranquila a ver la obra de turno. Levantó con la ayuda de una regla la cabeza del muerto y pudo ver un corte perfecto de su cuello arrugado, como hecho con un hilo de acero. Recordaba la cara de ese espectador. Era habitué de todos los miércoles a la función de las ocho. Nunca le había caído bien. En su conciencia le recordaba mucho a su padre por como la miraba, pero desde su inconsciencia lo reconocía como alguien desagradable. Volvió a levantar la cabeza del difunto con la regla apoyada en el mentón para intentar cerrarle los ojos por última vez con la mano izquierda. Al mirar en la profundidad de esos ojos celestes recordó uno de esos tantos días en los que su papá le pedía una botella de vino mientras miraba el partido de fútbol. Tenía 8 años y ya sabía perfectamente que ese pedido era la antesala del horror. Su madre lentamente se escapaba a la cocina y prendía la radio fuerte. Era la hora de la novela. Era la hora de simular que estaba entretenida y que no sabía del horror que vivía Marie en el living, hasta que escuchaba el pavoroso gemido de la eyaculación y sabía que la tortura de Marie había terminado.
-Marie, no toques el cadáver-, gritó el gerente del teatro, -ya llega la policía.
Y Marie dejó caer la regla, mientras escondía el hilo de acero en el bolsillo de su uniforme, el mismo hilo que conservara desde los ocho años.

Segunda Parte

Marie caminó hacia su casa como lo hacía todas las noches. Abrió la puerta de entrada, subió las escaleras y al sacar la llave para abrir la puerta de su departamento, tocó algo en su bolsillo que le molestó. Como todos los días, llenó el plato de leche para el gato, se sentó en el sillón y se sacó los zapatos. Metió nuevamente la mano en el bolsillo y sintió el filo del hilo de acero. No sabía qué hacía ahí. Siempre estaba en su cartera, hacía exactamente veinte años. Su madre se lo había dado para protegerse cuando lograron internar a su padre en el neuropsiquiátrico.
Puso la pava al fuego para prepararle el té a su madre. Volvió a meter la mano en el bolsillo, y sintió como el hilo de acero cortaba la yema de un dedo. Lo sacó rápidamente y se lo llevó a la boca, con una mezcla de placer y dolor, de la misma forma en que recordaba a su padre. El día de su partida le vino enseguida a la memoria. Se vio sentada en el piso del baño, sobre un charco de sangre. Su padre borracho, en un nuevo intento por abusar de ella se había resbalado y golpeado la cabeza. Su madre había pedido una ambulancia. Marie nunca había vuelto a ver a su padre. Marie nunca había recordado el rostro de su padre en estos veinte años.
La pava silbó con un estruendo de locomotora, y Marie volvió en sí. Sirvió el té y entró a la habitación de su madre.
-Llegaste más tarde hoy. Nunca llegas tan tarde, ¿pasó algo?- le preguntó su madre.
-No mamá, sólo me distraje en el camino a casa- respondió Marie.
-Hija, estoy preocupada por ti- agregó su madre con nerviosismo- ¿Todavía conservas el hilo de acero que te di?
Marie asintió con su cabeza, mientras sostenía la taza para que su madre pudiera tomar un sorbo de té desde la cama.
-Hoy llamaron del neuropsiquiátrico- confesó su madre con intranquilidad-. Dicen que están intranquilos, porque todos los miércoles dejaban salir a tu padre para ir al cine, pero hoy no ha regresado.
-Seguramente no hay nada de qué preocuparse, mamá- respondió Marie mientras la arropaba y le daba un beso en la frente.
Giró la cabeza hacia a la puerta y miró con complicidad a su gato, quien había apoyado el hilo de acero en el piso y se lamía las patas, quitándose las manchas de sangre.

Tercera Parte

Se sintió un golpe seco en la puerta de entrada.
-    ¿Quién es? –preguntó Marie.
Al escuchar una voz masculina decir “la policía”, Marie levantó al gato y lo encerró en su cuarto, junto con el hilo de acero. Se miró al espejo, se pintó los labios y se acomodó el cabello. No estaba acostumbrada a que un hombre visitara su casa. Volvió al espejo, se pellizcó las mejillas, se bajó un poco el escote y abrió la puerta de entrada.
Era el inspector que había visto en el teatro.
-    Como sabrá, Srta. Epstein, he venido hasta acá para poder interrogarla a usted y a su madre -arremetió el inspector, después de entrar y saludarla con un gesto con su sombrero.
-    ¿Para qué quiere hablar con mi madre? -preguntó Marie muy nerviosa, mientras al mirar hacia el cuarto contiguo pudo notar que no había cerrado bien la puerta de su dormitorio, y se podía ver la pata del gato empujándola-. Y puede llamarme Marie -agregó simulando una sonrisa de interés.
-    Marie… -comenzó a hablar el inspector, mientras la dueña de casa se ponía en pose apoyada en la biblioteca de la sala de estar, tratando de cubrir la vista del dormitorio-, el cuerpo degollado en el teatro era el de su padre.
-    Imposible -acotó Marie-, mi padre desapareció hace veinte años –respondió confundida, mientras escuchaba el sonido del gato jugando con el hilo de acero en el cuarto contiguo.
-    La supervisora del neuropsiquiátrico reconoció el cuerpo, y dijo que era… -comentó el inspector mientras buscaba el nombre en su libreta de notas- Freedman, Richard Freedman, esposo de Rose Cohen, su madre, ¿correcto?

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Marie movió el brazo apoyado en la biblioteca deliberadamente. Varios libros se cayeron al suelo y el inspector se arrodilló para ayudarla a juntarlos. Se estiró como pudo en la confusión, pero no logró cerrar la puerta que daba a los dormitorios.
-    Si busca en los registros, verá que mi madre denunció la desaparición de mi padre el 6 de diciembre de 1945 -agregó Marie, con un gesto de total confusión. En su cabeza resonaban los ruidos del gato y las preguntas del inspector al mismo tiempo.
-    Pero, entonces, ¿quién es su padre? -preguntó el inspector observando el rostro aturdido de Marie- ¿y de quién es el cuerpo?
El inspector giró la cabeza y vio al gato y sangre en el piso del cuarto contiguo. Marie quería decir algo elocuente, pero no podía comprender lo que estaba sucediendo. El inspector la apartó, empujó la puerta y entró al cuarto.
-    ¡No! –grito Marie, desesperadamente- Yo puedo explicarlo todo –agregó sollozando, mientras se inclinaba para recoger el hilo de acero.

Cuarta parte

Lo que el inspector vio al abrir la puerta requería de una explicación. Una anciana postrada en una cama, un gato negro y pequeño jugando con algo ensangrentado en el piso, y a través de la puerta abierta del cuadro contiguo se podía observar la silueta de un hombre en una silla de ruedas.
- Deje a mi padre en paz -gritó Marie mientras el inspector avanzaba hacia el cuarto-.
El espectáculo era espeluznante: un hombre mayor atado a una silla de ruedas, con el cuerpo tajeado y rasguñado. Parecía inconsciente.
- Si este es su padre, ¿de quién es el cuerpo degollado en el teatro? -le preguntó el inspector que no podía salir de su asombro, y todavía no sabía si arrestar a Marie directamente o esperar a que terminara su confesión.
- Ya le dije -respondió Marie agresivamente-, ese era el marido de mi madre. Ese sí merecía morir. Cada miércoles que lo veía en el teatro sentía que en cualquier momento podía volver a nuestras vidas. Y así estamos bien, mamá, papá y yo, los tres juntos.
- ¿Cómo no se despierta su madre? -inquirió el inspector-. ¿Y por qué lo tiene atado a su padre?
Marie se sentó al borde de la cama de la madre con un gesto de agobio. El inspector arrimó una silla, se sentó y le tocó suavemente las rodillas, inclinando su cuerpo hacia adelante, con un gesto de total comprensión para que Marie pudiera confesar todo.
- Mi madre duerme profundamente todas las noches después del té que yo le doy. Ese es mi momento… el momento para jugar con el cuerpo de papá- comenzó a balbucear Marie-. Ella insiste que Freedman, el del teatro, es mi papá. Ellos estaban casados, y los tres escaparon de la ocupación Nazi en Europa. Pero yo soy hija de él -confesó Marie señalando al hombre en la silla de ruedas-.
- Pero usted lleva el apellido de ese hombre -agregó el inspector-.
- Ese es el apellido que yo elegí. Freedman y Epstein eran cuñados y Epstein es el papá que yo elegí. Él me tocaba todas las noches cuando era chica y cuando Freedman se enteró y quiso matarlo, escondimos a papá un tiempo, y fuimos de a poco drogando a Freedman hasta que terminó en el neuropsiquiátrico.
El inspector no estaba tan impresionado por los hechos que Marie estaba relatando, sino por la naturalidad que iba tomando la situación a medida que ella ganaba confianza. El inspector estiró su mano derecha y con mucha ternura levantó el rostro de Marie. La miró a los ojos y pudo sentir la inocencia de una niña pequeña que era abusada. Luego el inspector giró levemente su rostro para volver a mirar al hombre en la silla de ruedas, y repentinamente sintió algo frío en el cuello. Se llevó inmediatamente la mano hacia lo que parecía una herida y sintió la humedad de la sangre que le caía por el pecho.
Marie se levantó, acomodó el cuerpo del inspector en la silla para que se fuera desangrando lentamente, tomó al gato en sus brazos y se metió en su cuarto.

Sergio Cilla

Fotomontaje: Magaly Ávila.

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