Microrrelatos: La Mala Palabra ~ Sergio Cilla

Sergio Cilla comparte con nosotros Microrrelatos, una serie de cuentos cortos que podrás leer en dos minutos y que seguramente te dejarán reflexionando. En esta entrega: La Mala Palabra, y aprender a callarse.

La Mala Palabra

Corría el año en el que se estrellaba el avión uruguayo en los Andes, se lanzaba el Apolo XVI, gobernaba Allende en Chile, Franco en España, y eran los últimos días de Lanusse en Argentina. Rolando Rivas, Gaby, Fofó y Miliki y Mancera lideraban las audiencias.

En la familia de Roberto, el papá preparaba el almuerzo, la hermana hacía las camas, y la mamá había ido a la reunión de padres del colegio. Se sentaron a comer esos tallarines deliciosos con albóndigas que sabía cocinar el papá, cuando la madre de Roberto irrumpió en la cocina y tiró la cartera sobre una silla. Con ojos coléricos, miró a su hijo y levantando el índice de la mano derecha le dijo: “Me acaban de informar en la escuela que decís malas palabras, así que tenés un mes de penitencia, sin salir a la calle y sin jugar con nadie.”

El padre la miró desconcertado. Estaba acostumbrado a no ser consultado al momento de decidir las penas, pero el castigo le pareció demasiado excesivo. Nadie más habló durante el resto del almuerzo.

Roberto recordó que le había dicho “mierda” a un compañero durante el recreo, y que seguro se lo había contado a la maestra, y aunque el castigo le había parecido desproporcional, más tarde comprendió qué había enfurecido tanto a su madre. En las reuniones de la escuela, daban un número a cada uno para no tener que nombrar al niño delante del resto de los padres. Cuando la maestra se refirió al número que tenía la mamá de Roberto, y dijo que “decía malas palabras”, la mamá se levantó y le contestó: “debe haber un error, mi hijo no dice malas palabras”.

Pero el número era el correcto, y la madre había quedado en evidencia frente al resto de los padres, cuando ella trabajaba arduamente para que todos dijeran que sus hijos eran los más educados del barrio.

Roberto estuvo un mes encerrado en su cuarto, leyendo y haciendo la tarea, sin poder salir a jugar con sus amigos o a andar en bicicleta, sólo por haber dicho “mierda” en la escuela. Y aprendió la lección, aprendió a callarse, y luego estuvo cuarenta años para poder decirle al mundo que él era diferente.

Sergio Cilla

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