Revelaciones: La Esencia ~ Sergio Cilla

Revelaciones es una serie de relatos donde Sergio Cilla se coloca en su propia carne y convoca momentos de su vida pasada y actual, para revelarnos alguna característica o parte fundamental del ser humano, en este caso, y en su primera entrega, "La Esencia".

La Esencia

A mí me pasó lo mismo que a ustedes: nadie me dio un manual sobre cómo vivir, y terminé haciendo lo mejor que pude. Si miro hacia atrás, reconozco una serie de impulsos que dieron forma a quién soy hoy en día, cuya esencia es absolutamente diferente. Sí, sí, no es como dice la gente: “pero en esencia eres el mismo.”

Muchas veces en mi vida tomé decisiones del estilo oveja negra, o mosca blanca, o cualquier otro animal con color diferente. Pero creo que lo hacía para alborotar al gallinero (¿o al avispero? Hoy estoy con las referencias zoológicas). No voy a dejar salir quien soy en esencia, pero voy a hacer cosas que la gente terminará diciendo: “este pibe es diferente.” Y así fue. Pero luego aprendí que todos somos diferentes, sólo que algunos nos alborotamos, y otros no.

La bomba cayó en la familia y hace exactamente 30 años atrás decidí ir a hacer un curso de inglés a Inglaterra. Estaba en el profesorado, ya trabajaba dando clases en empresas, y eso era visto como el plus, aunque para mi contexto socio-familiar era toda una novedad.

Partí con pocos recursos y muchos sacrificios, y como ocurre en muchos casos, y más a los 24 años, salir de casa hacia el mundo implica dejarse llevar. Y así lo hice, más allá de los nervios y los miedos que el hecho implicaba.

En la escuela en Londres hice varias amistades, pero hoy voy a hablar solo de dos, porque representaron hitos en mi historia. Cuando uno se conecta con el otro desde su esencia, se forma un núcleo auténtico, que deja salir quién uno realmente es. Y reconozcamos que yo no era mucho de eso, sino que hacía mucho de lo que se esperaba de mí.

Como para que se entienda un poco mi contexto, por ejemplo, en una charla con mi mejor amigo del barrio cuando teníamos 16 años (que en realidad era mi amigo impuesto por la vida -llámese familia, barrio, contexto, etc.-, pero no elegido), y hablando sobre darle un beso a una chica, yo comenté que darle un beso a un chico debería ser lo mismo, porque en definitiva eran todos labios. El me miró seriamente y me dijo: “si algún día me entero que le das un beso a un chico, te cago a trompadas.” Y suerte que interrumpimos la relación unos años después, porque si no hoy estaría lleno de moretones.

Eastbourne, Reino Unido, enero 1987

Volviendo a Inglaterra, uno de mis compañeros, sin nombre por ahora, se convirtió en un amigo especial. Hacíamos todo juntos, y nos llevábamos muy bien. Al terminar el curso, después de un mes, viajamos juntos al sur, donde nos encontraríamos con dos colegas mías del trabajo. Dos chicos que visitaban a dos chicas, pero con quienes, obviamente no iba a pasar nada, ya que los dos éramos gays, al menos en esencia. Yo no lo sabía, o no lo quería saber. Él, no lo sé.

Dormimos en la misma cama, compartimos momentos hermosos, y al irme de esa gran isla y cruzar a Francia, sentí que lo extrañaba. Qué tonto, ¿no? Cualquiera hubiera dicho que era amor, pero yo no. Porque yo había aprendido que el amor era entre una chica y un chico, y yo iba a hacer lo que me habían enseñado: casarme con una chica y formar una familia.

Pero, ¿saben qué maravilloso es conectarse con alguien desde la esencia? Donde no hay nada más que estar bien y disfrutar del otro.

Y la relación con mi amigo sin nombre fue como si tuviéramos 9 años, y nos encontráramos para jugar, sin que nuestras hormonas estuvieran pululando, o sin la presión social de tener o no que hacer algo determinado.

Mi segundo encuentro fue con otro hombre, con quien mantengo una relación de amistad hasta el día de hoy. Ese encuentro fue desde la heterosexualidad. Un contacto de esencias donde el otro es lo que es, sin tener que sentirse avergonzado de nada, sin tener que explicar nada. Es más, mi confesión de que “ahora” era homosexual, después de 17 años de amistad, fue un simple “qué loco, ¿no?”

A través de ese encuentro comencé a comprender una realidad social diferente. Había crecido en un contexto “gorila”, como se llama en mi país, en referencia a ser opositor al peronismo. Se hablaba de la gente de la villa (barrios humildes), de la gente del interior, de “esos negros,” como vagos, como la bacteria que pudría la sociedad. No se “rompían el lomo como uno,” porque ellos querían que el gobierno les diera todo. Y uno, cuando está creciendo, y sin conocimientos del mundo, repite lo que “mama” de su contexto.

Pero este encuentro, entre tantas cosas maravillosas que me dio, me hizo ver otra realidad, me hizo cuestionar cuánto los gobiernos estimulan estas diferencias para que haya gente a quien culpar, cuando no son más que emergentes de otro contexto diferente, donde otras opciones escasean. Me llevó varios años asimilarlo, ya que como buen argentino en el exterior, creía tener la verdad sobre todas las cosas. Pero todavía recuerdo esa tarde en ese café de París, hace 30 años atrás.

Cuando un hombre es gay generalmente establece relaciones fluidas con mujeres, porque las energías femeninas se conectan fácilmente. En cambio, con hombres es mucho más difícil, ya que existen prejuicios sociales y barreras que vencer. Y por eso esa conexión con esos dos hombres me marcó la vida, uno homosexual como yo, y el otro no.

Y así es como uno entra en conexión con su esencia y con la del otro. Cuando uno es quien realmente es, esa conexión es automática con el otro, que también es quien realmente es, ya sea en una relación para toda la vida, o en un simple encuentro en un aeropuerto.

Sergio Cilla


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