Una Cabellera Poderosa ~ Sergio Cilla

Sergio Cilla comparte con nosotros Una Cabellera Poderosa, un nuevo relato de su colección “Historias de Mujeres”, y nos pasea por los matices y los entornos de la estereotipación y los prejuicios.

Una Cabellera Poderosa

María Luz tomó una banda elástica del cajón de su escritorio, y se ató el cabello gris por detrás de la nuca, como una cola de caballo, de la manera más sencilla. Así como era ella, simple, llana, natural, espontánea.

Se recostó sobre la silla, y observó la puerta entreabierta. Sintió ganas de pararse y frotar con la manga de su camisa de franela la placa dorada que decía: Dirección. Le sobrevino un orgullo desbordante.

“¡Está buenísimo que te reconozcan lo que lograste!”, pensó, “pero mucho mejor es sentirlo uno mismo, saberse segura de sí mismo.”

Tomó un sorbo de café, lo saboreó y pensó que preferiría estar en un bar, con una cerveza en la mano, flirteando con algún hombre. Y, cuántas ganas tenía de estar con un hombre. Cuánto necesitaba sentirse deseada, buscada, conquistada, apreciada como mujer, en definitiva.

Sexo no le faltaba, si así lo quería, pero no era eso lo que reclamaba. María Luz quería sentirse acompañada, esperada, necesitada.

Pero parecía que vestir un overol, camisa de franela, botas de trabajo, y ser la directora de la metalúrgica, no era cosa de mujeres. Y entonces no merecía un hombre. Sin contar que su cabellera grisácea, no facultaba la hedónica femineidad que todos esperan de una mujer.

“¿Cuándo vas a aceptar que eres lesbiana?” le había dicho Ingrid, su mejor amiga. Sí, su amiga de toda la vida. Tal cual, ni siquiera ella la entendía.

Hacía diez días que su madre no le hablaba. Su padre había fallecido un par de semanas atrás, luego de dirigir la empresa metalúrgica de la familia por más de cincuenta años. Su madre, llorando desconsoladamente durante el funeral, se dirigía a todo el mundo como la madre de Juanjo y Ernesto, los nuevos directores de la fábrica.

Juanjo y Ernesto eran los hermanos menores de María Luz. Dos inútiles que sólo servían para despilfarrar el dinero de la familia, y que no tenían ni la menor idea de cómo funcionaba el negocio, o pensaban que sus maestrías o posgrados en economía y finanzas eran suficiente.

La polémica se había suscitado cuando el abogado de la familia se acercó a la madre de María Luz durante el funeral, y le susurró al oído que su marido, el difunto, había dejado explícitamente por escrito que María Luz quedaba a cargo de todo.

Los gritos e insultos de su madre y de sus hermanos resonaron por toda la sala funeraria, sin importar si los mismos llegaban a oídos del difunto. María Luz no podía salir de su asombro. Con sus más de cuarenta años, no había hecho otra cosa en su vida que trabajar codo a codo con su padre, y se conocía cada uno de los rincones de la fábrica, y cada una de las miserias y pasiones de sus empleados.

María Luz entendía que no podía llevarse bien con su madre, y sabía que la noticia era la gota que rebalsaba el vaso. Ella nunca había querido jugar con muñecas, no había usado vestidos, no quiso ser quinceañera, y no le había dado nietos; y ahora manejaba los destinos económicos de la familia.

-¿Por qué todo es género y roles y casillas donde la gente te pone, Raúl? -le preguntó María Luz al barman, a quien conocía desde al menos diez años, cuando el bar había abierto en el pueblo. Esa tarde dejó el café en la oficina, y salió a tomarse la cerveza que tanto necesitaba.

-Tú no eres así, entonces ¿de qué te preocupas? -le contestó Raúl, mientras limpiaba copas con una servilleta de tela blanca. Todavía era muy temprano, y María Luz iba pronta a ser la primera borracha del día.

-Sí, lo sé, por eso me molesta que los demás lo sean conmigo -respondió María Luz, pensativa.

-¿En serio? -le preguntó Raúl con un tono muy desconfiado.

-Bueno, en realidad me molesta que mi familia sea así -le dijo con tristeza.

-No todos pensamos igual -aseveró Raúl con mucha convicción.

-Opa… y… ¿qué piensa mi barman favorito? -le preguntó María Luz con una sonrisa que llenaba todo su rostro, e implicaba una pequeña señal de seducción.

-¿De verdad no sabes lo que pienso? Me sorprende… -comenzó a decir Raúl, mientras limpiaba todo lo que encontraba a su alrededor-. Eres una mujer maravillosa. ¿Qué importa cómo llevas el cabello, o con qué te sientes más cómoda? ¡Y ni que hablar de lo sexual! ¿Si prefieres esto o lo otro, si te gusta aquello, o te sientes mejor con cualquier otra cosa? Lo importante eres tú, quién eres, lo que significas para ti mismo y para los otros.

María Luz lo miraba desconcertada. Estaba empezando a admirar a ese hombre robusto detrás del mostrador. Nunca lo había observado detenidamente, y ahora lo estaba haciendo. Es que nunca se había tomado el tiempo para encontrar al otro. “Pero … ¿qué hace este tío hablándome así?”, pensó, y ahí es cuando entendió que no sólo tenemos que considerar los prejuicios de los otros, sino los nuestros propios; nuestros prejuicios de los prejuicios de los otros.

-¿Y qué significo yo para ti? -esbozó María Luz, con cierto resguardo de lo que podría ser la respuesta.

-Yo daría cualquier cosa para que tú algún día me miraras y me encontraras, y te dieras cuenta de que somos todos diferentes, pero somos todos iguales al mismo tiempo. Todos queremos lo mismo, todos queremos que nos quieran…

Raúl no pudo terminar la idea, porque María Luz se acercó y lo besó con mucho amor, lo besó como diciendo: “¡Quiero estar contigo!” Entonces, pensó en soltar la banda elástica y dejar caer su cabellera gris sobre sus hombros. Pero no, prefirió hacerlo cuando pasaran la primera noche juntos.

Sergio Cilla

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