Hipocresía y Otras Virtudes: Marcela y Marcelo ~ Sergio Cilla

Quod Licet Lovi, Non Licet Bovi, lo que es lícito para Júpiter, no es lícito para todos. Hipocresía y Otras Virtudes es una serie de historias que ilustran la doble moral, y el doble discurso en la sociedad, el sermoneo, lo clandestino, y la impunidad que confiere el poder.

Hoy, Sergio Cilla nos invita a compartir Marcela y Marcelo, un relato con pocas coincidencias.

Marcela y Marcelo

Francisco se acercó al lavabo, se lavó las manos y se refrescó la cara, mientras observaba alguna que otra arruga en su cara. Las tenía contadas. Sabía cuáles eran producto de tanto sol que había tomado, y cuáles simples consecuencias de momentos difíciles de su vida.

En ese momento, un muchacho vestido de traje salió de uno de los baños contiguos y se acercó a lavarse las manos al lado de él.

-Disculpe la intromisión, Señor, pero cuando seque mis manos me gustaría estrechar las suyas -Francisco lo miró con asombro por el espejo y no respondió-, lo que usted y su esposa hacen me enorgullece. Vine desde lejos para presenciar este momento.

-Sí, claro… -ambos se secaron las manos y luego se estrecharon las mismas en un saludo muy caluroso.

-Me gustaría poder saludar a su esposa también, si es posible -agregó el muchacho en un tono dubitativo y un poco alterado.

-Sí, claro, acompáñeme -y ambos salieron del baño del hotel. Francisco con una sonrisa de oreja a oreja. Sentirse reconocido de esa manera lo llenaba de orgullo.

Virginia, su esposa, era más cautelosa y desconfiada. Ambos habían recibido el reconocimiento por Solidaridad y Benevolencia de la Asociación Humanitaria esa misma mañana.

El discurso de presentación del premio, por parte del presidente de la Asociación, había comenzado con estas palabras: “Hace diez años que Virginia y Francisco honran a esta comunidad con su dedicación y esfuerzo para el bienestar de todos los que manifiestan una necesidad: niños sin hogar, madres solteras, gays y lesbianas, ancianos, personas sin techo, etc.”

-Querida, déjame presentarte a este muchacho que vino especialmente a saludarnos y felicitarnos -le dijo Francisco a su esposa, y notó en su rostro un gesto de mayor desconfianza al habitual.

-Mi nombre es Marcelo. Un gusto, Señora -agregó el muchacho, mientras estrechaba la mano de la mujer-. Su familia también estará muy orgullosa de ustedes. ¿Tienen hijos?

-Sí, dos, de más de veinte años -agregó Francisco muy sonriente-, ambos nos acompañan todo el tiempo.

-¿Usted a qué se dedica? -preguntó Virginia, tratando de disimular su sensación de rareza.

En ese instante, se abrió una de las puertas que daba al lobby del hotel, y una niña y un niño pequeños entraron corriendo y se abrazaron con Marcelo, al grito de: “¡Papi!”

-¡Qué hermosos niños! -agregó Francisco, con un aire de inocencia-, también estarán orgullosos de su papá.

-Bueno, hablando de ocupaciones, soy abogado -les dijo Marcelo, entregándoles una tarjeta de presentación a cada uno.

Virginia empalideció de inmediato al leer su nombre, y sintió que iba a desvanecerse. Una sensación que venía imaginando hacía muchos años, pero nunca podía definirla. Francisco leyó la tarjeta, y volvió la cabeza hacia su esposa, con esa mirada habitual de que no entendía nada, buscando su complicidad, esperando sus indicaciones para saber cómo reaccionar.

-Hace dieciséis años… mucho tiempo… muchas cosas han pasado -agregó Marcelo.

-¿Marcela? -balbuceó Francisco, con tal asombro como si absorbiera las palabras.

-No, papá… Marcelo -aseveró ese muchacho, con mucha valentía, mientras tenía a sus hijos abrazados-. Marcela se fue de su casa hace dieciséis años porque ustedes la echaron, porque ustedes no podían soportar la idea de que la hija, la primogénita, a quién querían como una princesita, se sentía un hombre.

Virginia se sentó en un sillón y le tomó la mano a Francisco, apretándola con mucha fuerza, mientras se llevaba la mano a la boca, en señal de contener su dolor, y su sorpresa. Siempre había sido la vocera de la familia, y sabía que su hija estaba observando su reacción.

-Pero el hijo al que rechazaron en su momento está acá -Marcelo hizo una pausa porque se le había hecho un nudo en la garganta-. Vino a decirles que realmente está orgulloso de lo que han hecho, y también vino a preguntarles si todas las obras que hicieron fue el resultado de lo que realmente sentían, o meramente culpa.

La pareja estaba muda. Habían enterrado a Marcela hacía muchos años, y se habían mudado a otra ciudad, bastante lejos, donde una supuesta vida diferente había comenzado.

-No voy a mentirles -continuó Marcelo, con lágrimas en los ojos-, una parte mía habría querido interrumpir la ceremonia y contarles la historia de mi vida a todos en este pueblo. Pero, después de tantos años, y de mucho trabajo por mi parte, vine a decirles que los perdono, y a que conocieran a mi familia, y a sus nietos… porque ellos se merecen tener abuelos.

Marcelo se quedó callado unos cuantos segundos. Lágrimas corrían por su cara con mucho arrebato, y sus hijos lo observaban como sin entender la escena. Virginia y Francisco también lloraban, y se estrujaban las manos, y se miraban, sintiendo que toda la vida se les venía encima, y que necesitaban de mucha fuerza para desanudar esos instantes.

-Marcela…. Hijo, perdón… -comenzó a balbucear Virginia, y se corrigió cuando notó el enojo en los ojos de ese muchacho tan valiente.

No podía hablar, se le mezclaban las lágrimas en la garganta con mucho dolor, y con la inseguridad de que podría llegar a decir algo equivocado, y perder a su hija nuevamente.

-Tu padre y yo -continuó Virginia, apretando aún más la mano de su esposo-, de alguna manera, alguna vez, imaginamos este momento, y lo hemos hablado, y nos encantaría que pudiéramos ser todos una familia nuevamente, todos juntos, con tus hermanos.

Virginia hizo una pausa, y vio la sonrisa en la cara de Marcelo, y comenzó a emocionarse y a hablar con mayor agitación, mezclando lágrimas con sonrisas.

-Y podemos todos mudarnos a una ciudad nueva, ¿no? -agregó Virginia con mucha excitación-, y comenzar una vida diferente para todos…

Virginia se detuvo cuando vio cómo Marcelo agachaba su cabeza y perdía la sonrisa de su rostro de inmediato.

Marcelo había viajado varias horas en auto para ver a sus padres, y había esperado ansiosamente ese momento. Su grupo de amigos había decidido acompañarlo en esta circunstancia crucial de su vida, después de tanto camino recorrido, y tantos años de terapia. Marcelo militaba en la asociación LGBT de la ciudad donde vivía, y varias veces había hecho discursos sobre la importancia de perdonar al otro, de entender que cada uno hace lo que puede, y que no es deber de nadie cambiar el pensamiento de los demás, sino que es deber de uno acomodarse a esa realidad, y vivir bajo la decisión que ha tomado. Antes de entrar al hotel, había abrazado a uno por uno, y les había dicho: “Estoy orgulloso de ser quién soy. Estoy orgulloso del camino recorrido, y el perdón está en mí, no importa el resultado de este encuentro”.

Marcelo miró hacia todos lados, buscando la salida, o quizás tratando de darle tiempo a su padre para que -al menos una vez en su vida- juntara coraje, reaccionara por sí mismo, sin esperar el consentimiento de Virginia

-No entendiste nada, mamá… nunca lo entendiste -murmuró Marcelo con un profundo sentido de decepción-. Y vos… papá… sé que entendiste, pero hiciste lo que pudiste.

Marcelo tomó a sus hijos de la mano, uno de cada lado, y salieron por la puerta principal del hotel, caminando muy lentamente, como esperando que algo cambiara de la escena anterior. Afuera había unas diez personas reunidas esperándolo, todos listos para abrazarlo, para contenerlo. Marcelo giró la cabeza para volver a ver a sus padres por última vez, pero ya se habían ido.

Sergio Cilla

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