Molinos III ~ Mónica Gómez

Aquí el desenlace de la historia de vida de Giovanna. ¿Habrá seguido su cabeza o su corazón?

Si no leíste la primera y segunda parte, comienza aquí: Molinos I

Molinos III

Cuando volvió a la nave encontró un papelito en el camarote: “Estamos en el bar del quinto puente, haciendo tiempo para la cena – baile, acordate que es de gala”. Fue hasta el bar así vestida como estaba. No podía estar más lejos de tener ganas de un baile y además le pareció una excusa ideal para seguir estando sola.

-¿Qué haces así? ¿No te cambiaste?
-¿Estás bien? –preguntó Carlotta preocupada.
-No mucho, por eso venía a avisarles. Tengo un dolor de cabeza que me está matando –mintió. Prefiero quedarme recostada.
-Uh, ¿querés que vayamos con vos?
-No, no gracias –se apuró a decir- al contrario, el silencio me va a hacer bien, no se preocupen y diviértanse.
-Ok, después nos vemos si no estás dormida –la saludó Graziella.

Volvió al camarote y se instaló en un silloncito en el balcón. La media luna parecía dibujada en el cielo oscuro. El horizonte daba impresión porque en realidad no se lo veía y el Mediterráneo era un líquido negro que se aclaraba gracias a las luces de la nave sólo a su alrededor. Era el lugar y momento ideales para dejar salir los sentimientos. Recordó la conversación con Pavolv y su esposa. Pavlov le había hablado del hotel que estaban por instalar y ella – en un rapto de locura – se había ofrecido a manejarlo.

-Ah, ¿estás sin trabajo en Roma? –dio por sentado Pavlov, quien abrió los ojos desorbitados cuando Giovanna le contaba que no, al contrario, tenía un excelente trabajo y un futuro matrimonio.
-Ah, es que entonces no estás enamorada.
Pavlov trataba de entender.
-Bueno, evidentemente creí estarlo pero si sólo después de un par de horas de estar aquí cambiaría mi vida entera por quedarme, creo que debo replanteármelo.
-Podrías venir aquí con él.
-Eh... no lo había pensado.
-Disculpame, pero entonces no estás enamorada –afirmó Atena.
La simpleza la sorprendió. Tenía razón.
-Tengo que volver a la nave –dijo por fin.
-Ok, que tengas mucha suerte en tu vida
-Saludame al Papa –acotó Atena riéndose-. Y volvé cuando quieras.
-Ok, lo haré, seguramente lo haré. Fue un placer conocerlos.
-Igualmente.

Volvió al mar oscuro y la media luna. ¿Podría ser que una islita le hubiera provocado tanta confusión? No, en realidad no estaba confundida. Por más loco que sonara, se sintió pertenecer a esa isla, algo la atraía, la tierra misma, el agua, los molinos, el sol que – estaba segura – allí brillaba distinto.
Pensó en Marco. Se sintió mal de no extrañarlo, de no desear que estuviese allí con ella, de no estar ansiosa para nada con el viaje a París y mucho menos con el casamiento. Se sintió horrible por el sufrimiento que iba a causarle. ¿Cómo? ¿Ya era una decisión tomada? ¿Terminaría con todo? Ella, tan racional e inteligente, ¿iba a tirar por la borda todo lo que construyó con tantísimo esfuerzo por un simple impulso? Se asustó cuando escuchó la respuesta que aullaba desde sus entrañas: ¡Sí!
Guardó toda esa fuerza que bullía en su interior porque sabía que iba a necesitarla.

Sus amigas, su padre, todos le dijeron que estaba loca, que era un delirio, que estaba arruinando su vida pero eso pudo soportarlo y hacerle frente. Lo más difícil fue la situación con Marco, ya que ella lo quería, era una buena persona y no merecía ese sufrimiento. Pero era inevitable. En definitiva, era mejor darse cuenta a tiempo. A diferencia de los demás Marco la comprendía en cierto aspecto porque la amaba y notaba la pasión con la cual le hablaba de todo lo que sentía.

No había pasado un mes cuando Giovanna tomó el avión en Fiumicino con dos valijas y sus pocos ahorros. Pavlov le ofreció la primera habitación que estaba casi terminada y se pusieron a trabajar en el armado del hotelito hasta su inauguración. Por supuesto, emplazado en semejante lugar, fue un gran éxito. Pavlov la nombró responsable del hotel y Giovanna siguió viviendo en su piecita aunque ganaba muy buen dinero, del cual mandaba una parte a su padre a Roma y sólo volvió a su ciudad natal para su funeral. Las amigas vinieron un par de veces a visitarla y a disfrutar de los mágicos atardeceres de Mykonos. Aquí ella era feliz y no necesitaba nada más.
Pasaron los años, Pavlov y Atena tenían cuatro niños y poco interés en seguir adelante con el negocio, que Giovanna compró con lo que nunca había gastado y fue dueña del hotel y del bar, que manejaba con impecable habilidad empresarial.

Un día, ya casi en su madurez, encontró a Aquiles, un restaurador de arte, y desde el momento en que se vieron no se separaron más. Pero por supuesto, vivieron en la piecita de Giovanna, con un balconcito sobre el agua. Fue Aquiles quien tuvo la idea de pescar un día.

-¿Y? –la sorprendió Aquiles de vuelta de la ducha.
-Uy, justo, justo ahora.
-Es que me estaba esperando a mí –festejó Aquiles mientras sacaban el congrio y lo llevaban a la cocina a preparar su cena de cumpleaños.

El mar ya se había devorado los últimos rayos de sol y las luces de los molinos ondulaban sobre el agua, pareciendo sonreír.

Mónica Gómez

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