El Portero, parte 2 ~ Mónica Gómez

El portero, parte 2

Mónica Gómez

En el final de esta historia de soledades y amores, Mónica nos propone tomar conciencia que el amor jamás puede hacer daño y que siempre se puede renacer.

El Portero, parte 2

Si no has leido la primera parte de esta narrativa, da click aquí: El portero, primera parte.

Mabel estaba dura y muda ante la confesión amorosa de Lucho. No sabía qué hacer ni qué decir y el hecho de estar en camisón la puso de golpe en una situación incómoda. Hubiera querido correr al dormitorio a buscar algo para taparse pero tuvo miedo que él la siga. Instintivamente cruzó los brazos para resguardar sus pechos.

–Mirá, Lucho, no sé qué decirte, vos sabés bien mi situación de este momento y lo mal que lo estoy pasando.
–Si, si –dijo él calmándola – por eso te repito que no te pido nada. Sólo quería que lo supieras, porque sos una bellísima mujer y ojalá no tuvieras que pasar lo que estás pasando. Una sola cosa te quiero pedir. Dejame que te abrace. Sólo un abrazo de amigo, te lo prometo.

Temblando, sin saber de qué temblaba, Mabel se dejó abrazar. No sintió nada y lo separó enseguida.

–Por favor, Lucho...
–Sí, si –se apuró a decirle él mientras se encaminaba a la puerta– Creo que está de más que te pida silencio con respecto a esto, ¿verdad?
–Sí, Lucho, quedate tranquilo.
–Es un secreto entre vos y yo, ¿ok? –dijo, cruzando el dedo índice sobre su boca
–Claro, Lucho – sonrió Mabel mientras abría la puerta.
–Sos hermosa –le murmuró mientras se iba.

Mabel cerró la puerta, inspiró profundo y se calentó el tecito olvidado sobre la mesada. No podía creer lo que le acababa de ocurrir. Con que Lucho estaba enamorado de ella. Claro, con esa mujer que lo tenía cagando todo el santo día.
Mientras se llevaba el té al estudio, se miró en el espejo del pasillo. –Lo que te perdiste, Ricardo– se dijo divertida.

A partir de ese día, Lucho no perdió ocasión de susurrarle algún piropo cuando la veía, con el fondo del golpeteo del escobillón de Rita resonando por el hueco de la escalera. Nunca jamás pasó nada entre ellos, porque Mabel se quería lo suficiente como para darse cuenta que ella no sentía lo mismo. Sólo lo hubiera lastimado ilusionándolo en una historia, que para ella sólo podía significar un poco de ínfulas a su destrozada autoestima. En realidad, la confesión le había servido para sentirse mejor, para dejar de arrastrarse por la vida y empezar a acostumbrarse a vivir sin su marido. Y se ve que a Lucho le servía guardar ese secreto y murmurar piropos cuando su mujer no lo veía.

Quiso el destino que unos meses después Lucho enfermara de un mal incurable que se lo llevó en muy poco tiempo. Y quiso el mismo destino que la mamá de Mabel falleciera del mismo mal al día siguiente de Lucho, por lo cual ella no pudo asistir a su entierro.

Unos días después se cruzó con Rita y se intercambiaron pésames.

–Ay, Mabel, ¡qué tristeza nos toca vivir!
–Sí, Rita, yo lo lamento tanto por Lucho –respondió con un nudo en la garganta.
–Gracias, vos sabés que él te apreciaba mucho –y en voz baja– de todas las personas del edificio, vos eras la que más apreciaba, sabés?
–Lo sé, Rita, lo sé.

La misma sonrisa de aquel día frente al espejo se dibujó en su rostro y dándole un abrazo a Rita, salió a la calle, al mundo que la esperaba para recomenzar.
–¡Gracias, Lucho!, no sabés cuánto me ayudaste –murmuró hacia adentro, mirando al cielo.

Mónica Gómez

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