Lo que la sangre no logró ~ Mónica Gómez

En esta entrega Mónica Gómez nos presenta la historia de Claudia, una joven mujer que deja su tierra natal con sus costumbres en pos de una vida mejor. ¿Logrará encontrar lo que busca? Ésta es la primera parte.

1a Parte-

Necesitaba este trabajo como nada en el mundo. Su marido Armando sólo hacía changas que apenas alcanzaban para costear el cuartito donde vivían en la casa compartida con otros mexicanos que, como ellos, habían logrado traspasar la frontera en busca de la tierra prometida del gran país del norte, con los bolsillos tan vacíos como llenas sus ansias de un futuro mejor.

Su destartalado auto, único medio de transporte en el Lehigh Valley, la paseaba por las colinas de Pensilvania, colmándole los ojos de ese verde tan particular. La agencia dijo que debía presentarse a las diez de la mañana puntualísima y aquí estaba. Eran las diez menos cuarto pero como nunca había venido a esta zona, era mejor llegar con tiempo. Cherryville se llamaba la localidad, un barrio residencial de casas salpicadas con jardines sin límites, típicas de estas áreas en las cuales es la buena voluntad de los vecinos lo que distingue los confines, sin necesidad de rejas que sólo afean el paisaje. Claudia ubicó el número y esperó en el auto. Era una casa simple pero muy bien arreglada y cuidada. De madera, como todas las casas americanas, pintada de verde oscuro con las ventanas blancas, poseía un ligero aire a las casas de montaña de Europa. No que ella las conociera, claro. Simplemente había visto tantas fotos. Ya viajaría, cuando le cambiara la suerte. Desde el costado, por detrás de la casa, se adivinaba un gran parque con vista a un bosque de ramas frondosas. Era una soleada mañana de mayo y la limpieza del cielo parecía reflejarse en la casa y su alrededor. No había muchas plantas, notó, pero el césped estaba tan perfectamente cuidado que parecía una tela sedosa desplegada sobre la tierra.

Bajó del auto, caminó hasta la puerta y tocó un timbre que sonó como campanitas. Una sonriente anciana apareció al instante.

-I’m from the agency –dijo en su chapuceado inglés.
-Oh, sí, querida, pasá –contestó la anciana en castellano-. Hablás español, ¿verdad?
-Sí, sí, señora –contestó Claudia aliviada- soy mexicana. Mucho gusto –agregó extendiendo la mano – mi nombre es Claudia.
-Bienvenida, Claudia –sonrió, devolviéndole el apretón de manos e invitándola a sentarse-. Yo soy Miriam y soy argentina, por eso pedí especialmente alguien que hablara español. Primero porque prefiero dar trabajo a un inmigrante como yo. Segundo, porque a la vejez extraño mi lengua madre.
-¿Pero usted habla inglés?
-Oh, sí, sure. I’m an English teacher. Lo estudié de chiquita en Buenos Aires y soy totalmente bilingüe-. Hizo una pausa-. Si querés, puedo enseñártelo. La vida aquí se facilita cuando hablás un buen inglés-. Bueno, yo digo que te lo enseño... si es que nos ponemos de acuerdo, claro.
-Sí, por supuesto, me encantaría, señora –contestó, un poco confundida ante tanta amabilidad a la que no estaba acostumbrada.

La mujer tenía una actitud serena y segura, que a Claudia le daba tranquilidad. Qué bueno sería trabajar para ella – pensó. Mirándola bien, no era tan anciana. Llevaba el pelo rubio atado con un rodete y el rostro curtido por vaya a saber qué paso del tiempo. Su figura era menuda e inquieta y vestía jogging y pantuflas. Notó que a pesar de sus manos ajadas, tenía las uñas arregladas y pintadas de rojo.

-Contame algo de vos, Claudia. ¿Cuánto hace que estás acá? ¿Estás con tu familia? ¿Cuántos años tenés?
-Tengo veintiocho años y hace dos que estamos acá, con mi marido. No conseguíamos trabajo en México y un hermano de mi marido que ya vivía acá le consiguió un permiso de trabajo en la misma fábrica donde estaba él y así fue que nos vinimos. Pero al poco tiempo, redujeron personal y tanto mi marido como mi cuñado quedaron en la calle. Hace seis meses que estamos luchando para sobrevivir. Realmente no quisiéramos volver. Tampoco tenemos nada allá. Por eso –se acomodó mirando a la mujer a los ojos- sería tan importante para mí conseguir este trabajo, señora.
-Llamame Miriam, querida, para empezar –sonrió.
-Ok, Miriam –respondió a la sonrisa.
-Bueno, el trabajo consiste básicamente en hacer las cosas de la casa, que mi marido y yo ya no tenemos ganas de hacer –explicó-. Yo odio cocinar así que siempre cocinó él, pero sería bueno que lo hiciera otra persona. ¿Sabés cocinar?
-Sí, sí, y soy muy buena. Puedo también aprender al gusto de ustedes.
-Perfecto. Además, mantener la casa limpia, la ropa, esas cosas. En realidad, no ensuciamos mucho, somos sólo mi marido y yo. El horario sería de 9 a 16, si te queda bien, con una pausa para almorzar, claro. ¿Qué te parece?
-Lo que usted diga, señora –sonrió Claudia.
-Vení que te muestro la casa.

El enorme living tenía una pared entera con una biblioteca del piso al techo donde los libros y las películas se veían salpicadas de recuerdos de viaje. La Tour Eiffel, Big Ben, una góndola veneciana y mil miniaturas más poblaban los estantes abarrotados. La otra pared era un enorme ventanal que daba al jardín. De allí pasaron a la cocina, de aspecto rural, con exquisitos muebles de madera y una mesa redonda que regenteaba la habitación. El ventanal que también daba al jardín, se abría sobre un deck de madera.

Claudia estaba fascinada. Jamás había visto una casa tan fabulosa y a su vez tan simple como ésta.

-Vení que te muestro arriba.

Fin de la primera parte. Click aquí para continuar con: Lo que la sangre no logró II.

Mónica Gómez

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