NESA III ~ Sergio Cilla

Sergio Cilla nos presenta el final de NESA, y conoceremos realmente por qué Lito siempre se sintió raro. Así, quizás, cada uno de nosotros podamos encontrar nuestra propia rareza y formar nuestro propio grupo de aliados.

Click aquí primero si no has leido NESA primera parte, o NESA segunda parte.

NESA - Tercera parte

Abrí la puerta del baño y le hice una seña, como que necesitaba un minuto más.

No sé cuánto tiempo pasó, pero logré juntar coraje y volver a la sala. Al entrar, vi que el coordinador estaba hablando, y que todos giraban sus cabezas hacia la puerta.

“Toma asiento, Lito. Relájate que en unos minutos volvemos a ti.”

El coordinador volvió a observar a todos con su mirada penetrante, y agregó: “NESA, NESA, NESA, ¿por qué tenemos que repetir esta sigla tantas veces? Para finalmente comprender que es sólo una sigla, y que es una manera de darle un nombre a lo que nos pasa, a lo que nos une, a lo que nos llevó a formar este grupo. Porque a nadie le importa lo que pasa acá adentro. Todo el mundo sigue con sus vidas, y nosotros seguimos mirándolos y pensando que nos ven como raros.”

Un hombre de unos cuarenta años en la primera fila levantó la mano, y el coordinador lo dejó participar.

“Durante el recreo hablamos con Malena, a quien tengo a mi lado, y nos sentimos tan identificados. A los dos nos pasa lo mismo, pero al revés. A mí me gusta la lectura, gozar de una buena película francesa mientras tomo una copa de vino, tejo por las noches porque me relaja, visito museos, y no me gusta ni el fútbol, ni la cerveza, ni hablar utilizando groserías. Ah…, pero eso para el mundo exterior es ser afeminado. Y recién Malena me contaba que ella va a la cancha, y es fanática del fútbol, y toma cerveza en los bares con sus amigos, y entonces se la tilda de lesbiana… ningún hombre quiere acostarse con ella.”

Otra mujer en la segunda fila levantó la mano también, y preguntó si podía agregar algo. El coordinador asintió.

“Yo no quiero ofender a nadie con lo que voy a decir, pero creo que la iglesia tiene mucho que ver con esto. Y no estoy hablando de ninguna religión en particular, sino de la iglesia como institución.”

El coordinador se puso un poco incómodo con lo que esta participante estaba diciendo, y la interrumpió.

“Gracias, pero no estamos aquí para determinar las causas, sino para entendernos y ver qué podemos hacer con todo esto. Es obvio que la sociedad determina nuestras conductas y nos encasilla en algo, y se van estableciendo patrones, si soy mujer me tengo que vestir de tal manera, y hacer tal y cual cosa. Pero somos nosotros mismos los que entendemos que esto no es así, y tenemos que mostrar al mundo que podemos ser diferentes, raros, extraños, ante su mirada, y que no nos importa, porque somos auténticos.”

Sentí que era el momento de hablar de una vez por todas. De hablar a mi manera, de dejarme llevar por lo que estaba pensando. A pesar de mi resistencia, empezaba a entender que toda esta gente se sentía tan mal como yo me sentía, y que, por primera vez en mi vida, estaba en un lugar que era inofensivo.

“¿Prefieres pasar al frente, Lito?” Me preguntó el coordinador, viendo que intentaba pararme. Habían preparado una pizarra, con varias hojas blancas. “Manéjate como prefieras, aquí tienes dos marcadores, si es que prefieres dibujar.”

Me acerqué lentamente, tomé los marcadores, me puse de espaldas a todo el salón, enfrentando a las hojas blancas.

Hacía veintidós años que no hablaba, desde la muerte de mi abuela. Todo lo que dije anteriormente, en realidad ocurrió en mi cabeza, como pasa siempre. Escribo todo lo que me pasa, y siento que estoy hablando y contando, pero en realidad las palabras no salen, solo quedan dentro mío, y puedo escribirlas.

En tantos años he desarrollado muchas habilidades para comunicarme, pero nunca he recurrido al lenguaje de señas, porque no soy mudo, y porque siempre supe que algún día iba a hablar.

Cuando mi abuela murió, a mi mamá le detectaron un cáncer, y luego falleció seis meses más tarde. Durante todo ese tiempo yo ya no hablaba, y nadie se había dado cuenta. Ni siquiera en el colegio. ¡Es increíble lo fácil que es ignorar a alguien!

Tomé uno de los marcadores y comencé a dibujar lentamente, escuchando el silencio y la atención de la sala y de mis compañeros de NESA, porque ya los sentía así, como compañeros.

Soy muy bueno dibujando, y en pocos minutos me di vuelta y señalé con mi mano derecha lo que había delineado. Todos me estaban mirando, y parecían asombrados. Volví a mirar mi dibujo mientras las primeras lágrimas comenzaban a inundar mis ojos, podía ver a ese niño que había sufrido tanto y que había decidido quedarse callado, porque el silencio era el mejor compañero que había encontrado, y porque así se había refugiado en una rareza, la única que lo comprendía y lo ayudaba a transitar la vida.

Me quedé mirándolos, y por primera vez en tanto años comencé a balbucear unas palabras, e inmediatamente todo el grupo se paró y vino a abrazarme, y lloramos todos juntos.

Se siente tan bien cuando uno sabe que no está sólo en este mundo, y que somos muchos los raros. Y quizás a los otros también les pasan cosas raras, pero creo que no se animan a admitirlo, prefieren ser parte del rebaño.

Desde esa primera reunión en NESA, comencé a hablar de a poquito, y ahora no me para nadie. ¡Tengo tanto para contar! Y cuando a veces hablo mucho, y me siento raro, repito “NESA, NESA, NESA”, y me siento acompañado.

FIN.

Sergio Cilla


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