NESA II ~ Sergio Cilla

La suma de nuestros miedos y nuestras dudas nos hace preguntarnos quiénes somos y qué lugar ocupamos en este mundo. Sergio Cilla nos trae esta semana la segunda parte de NESA, un relato que nos invita a la inevitable conquista de esos miedos. ¡Y a esperar el desenlace la semana próxima!

Si no has leido la primera parte, la puedes ver aquí: NESA

NESA - Segunda parte

“Cuando vi el nombre NESA, no sabía a qué se refería”, continué con mi presentación. “Hasta que leí “No Encajamos Socialmente Anónimos”, y automáticamente pensé en un montón de gente rara. Y ahí me di cuenta de que yo estaba haciendo lo mismo que me quejaba que la sociedad hacía. Estaba prejuzgando. Creo que socialmente tendemos a prejuzgar como forma de protegernos ante lo que desconocemos, y luego, obviamente, discriminamos al otro. ¡Y cómo nos gusta discriminar! ¿No es cierto? Si es negro, seguro nos va a querer robar, si es homosexual, es muy probable que ande acostándose con todo el mundo, si sale y se divierte, es una prostituta. Siempre creemos tener una opinión.”
Había un silencio sepulcral en esa sala, y aunque yo hablara con un volumen muy bajo, se podía oír todo, porque había mucha atención. Creo que todos estaban esperando mi historia, y yo seguía dando vueltas con explicaciones socio-sicológicas, para no enfrentarme a eso que tanto temía.
Tomé un vaso de agua que estaba junto a mi asiento, y en esos segundos pude recordar la cara de mi padre el día que me dio esa tremenda paliza. Desde que mamá había muerto, mi papá se encargaba de todo, de trabajar, de la casa, la comida y de mi hermana y de mí. Ese día había pedido permiso en el trabajo porque lo habían llamado de la dirección del colegio. Yo me negaba a hablar, y eso los tenía a todos preocupados. Aparentemente, suponían que tenía que ver con la muerte de mi madre, pero yo no hablaba porque tenía mis razones, y la sociedad estaba demasiado apurada para detenerse y mirarme por unos segundos.

Eso es lo que pasa generalmente, ¿no? Vivimos en un mundo tan acelerado, que encontramos respuestas rápidamente, y aunque intuimos que no son las adecuadas, nos conformamos con saber que ya las encontramos y podemos seguir adelante. Pero los niños tienen todo el tiempo del mundo, y no tienen un jefe que los apura, ni una cuenta que pagar, ni alguien a quién alimentar, y muchas veces sólo quieren que alguien los mire, los escuche, los entienda y no los juzgue.
Ese día mi padre llegó a casa del colegio y antes de volver a irse para el trabajo me sentó en la sala y me habló, tratando de sacar una palabra de mis labios. Pero, en realidad, habló de él, y de lo que le pasaba, y lloró porque mamá ya no estaba, y lloró porque él estaba solo con todo, y lloró y lloró por él mismo, y me rogó que hablara y yo no hablé, y mi actitud logró sacar lo peor de sí mismo, y me pegó hasta que le dolió la mano. Yo ni siquiera grité, porque sabía que yo era, en parte, responsable de esa furia.

“Estamos ansiosos esperando compartas con nosotros qué te trajo a NESA.” Agregó el coordinador, interrumpiendo el silencio que mis recuerdos habían tejido en ese instante.

“Yo siento que soy raro,” continué, como hablando con un espejo, como si ese fuera el único lugar donde me sentía seguro. “Pero también siento que todo el mundo es raro, y que no se da cuenta de eso. O, mejor dicho, no quieren darse cuenta de eso. Yo noto que es más fácil ser igual a los demás, y que cuando uno se cruza con esa posibilidad de darse cuenta de que es diferente, ya nos complicamos la vida, ya no podemos volver a vivir de la misma manera. Ya tenemos que llevar esa mochila a cuestas.”

Se escuchó un sollozo entrecortado entre los participantes y todos nos dimos vuelta. Marianela, la chica que había hablado antes que yo, se escondía bajo su pañuelo, secando lágrimas y sonándose la nariz. La atención se fijó en ella por unos segundos.

“Perdón, perdón que te irrumpa así con mi llanto, pero yo no pude contar todo lo que me pasaba antes.” La miré como invitándola a continuar. “Yo no quiero tener sexo con mi esposo, pero se lo permito porque no sé lo que quiero. Sólo sé que me casé con él porque era el único que estaba, y se quedaba, y me entendía. Y luego vinieron los chicos, y nos acostumbramos. Y hago todo lo imposible para que no llegue ese momento en que me toca, porque no quiero sentir sus manos sobre mi cuerpo. Y me siento rara por eso, y no puedo hablar con nadie de eso, porque una vez intenté contarle a una amiga y me preguntó qué era lo que yo quería, entonces, y yo no sé lo que quiero, sólo sé que no quiero que él me toque.” Y se aferró a su pañuelo como si fuera el muro que podía contener su llanto y su dolor.

Todos nos miramos y el coordinador intervino. “Qué les parece si nos tomamos unos minutos para ir al baño y tomar un poco de agua o café y en seguida retomamos la historia de Lito.”

Y aproveché para encerrarme en el baño nuevamente. No tenía ganas de nada, así que bajé la tapa del inodoro y me subí en cuclillas, como lo hacía cuando era chico, cuando tenía miedo y escuchaba que mi mamá y mi papá se peleaban. Me encerraba en el baño, me subía al inodoro, me tapaba los oídos y me cantaba una canción. Era una canción que me había enseñado mi abuela, y cantarla era sentirla cerca, porque cuando mi abuela murió, nunca pude volver a sentir que a alguien le importaba. Nunca nadie volvió a enseñarme una canción, nunca nadie tenía tiempo para eso. Mamá y papá trabajaban mucho, y cuando se encontraban en casa se peleaban. Mi hermana era más chica que yo, y sólo quería jugar en su cuarto, con sus muñecas, y yo hubiera querido pintarme el pelo color naranja, las uñas violetas, y vestir un pantalón verde con una remera amarilla. Y así salir a la calle y mostrarles a todos que sí, yo era diferente. Pero no me animaba y me callaba.

El instante volvió a congelarse cuando escuché al coordinador decir: “¿Volvemos al salón? ¿Alguien vio a Lito?”

Comencé a temblar como una hoja. Muchos recuerdos. Estaba muy movilizado. “¿Estás en el baño, Lito?”, preguntó el coordinador.

Fin de la segunda parte.

Sergio Cilla


Tercera y última parte de este apasionante relato aquí: NESA parte 3.

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