Monólogos & Soliloquios: La Escalera ~ Sergio Cilla

Sergio nos introduce al mundo de la voz interior de sus personajes, y nos convoca a descubrir sus vidas a través de estos monólogos, y así revelar lo que sienten, lo que piensan, lo que les pasa.

La Escalera

A veces creemos recordar algo, pero simplemente lo estamos inventando. Otras veces, hablamos desde el dolor, desde el rencor, o desde el olvido.

Cuando apenas murió, sentí un alivio. Sabía que ya no podía volver a hacerme daño. No sentí dolor, y quizás fue por las corridas, la policía, los papeles, la morgue, las explicaciones, todo. Estaba muy confundida. Después, con la casa tan vacía, empecé a sentir un acoso imaginario desde las sombras. Me la encontraba cada vez que bajaba a la cocina. Buscaba un vaso de agua y ahí estaba. Horrible. Como si la escuchara, protestando por todo, quejándose de absolutamente cada cosa que hacía y decía. Sentía sus pasos, y eso me atormentaba. Cerraba las cortinas a la noche, y me parecía encontrar su reflejo en la ventana. Salía al jardín, y me frenaba de golpe cuando veía su sombra sentada en la reposera. Alguien me dijo en el velatorio: “Ay, tu mamá te quería tanto,” y yo pensé que era un chiste, o que la gente no tenía ni la menor idea de cómo eran las cosas. Nunca me quiso. Siempre pensó que yo había llegado para robarle a su hombre, a mi papá, y después, encima, él se agarra un cáncer fulminante y se muere cuando yo tenía doce años, y me echó la culpa a mí. ¡Yo le produje un cáncer a mi viejo! ¿Lo podés creer? Y mirando la cosa en retrospectiva, a veces creo que la vida nos dio la oportunidad de aprender a vivir la una con la otra. Sacó a mi viejo del medio, que era un buenazo, y nos dejó solitas en escena. ¿A ver qué van a hacer ahora? Ya no tienen más al mediador, al que ponía paños fríos, al que hacía que todo pareciera menos terrible de lo que era, al que compraba la supuesta paz que reinaba cuando estaba presente… Ese día que llegué y la encontré tirada en el último escalón, me pareció que todavía respiraba, no estoy segura. Después viendo películas me di cuenta de que le tendría que haber puesto un espejito en la boca para ver si respiraba… Me senté a su lado, y antes de llamar a una ambulancia, me quedé en silencio por si quería decirme algo. Pero no, y no sé si ya estaba realmente muerta, o si se negó a pedirme perdón. Me acuerdo como si fuera hoy, le grité: “Por favor, decime algo antes de morirte. ¿Qué pasó? ¿Por qué? ¿Te caíste o te dejaste caer? De todo lo que me negaste en la vida, esto es lo peor, me quitaste la posibilidad de matarte…” Y sé que suena una locura, pero lo sigo pensando, y es ese capítulo inconcluso de mi vida, que ya no tengo chance de cerrar. ¿La hubiera matado si no se habría muerto? Y no tengo forma de responder a esa pregunta con certeza. Lo único bueno es que cada vez pienso menos en ella. Ya pasaron doce años. Tenía treinta y cinco cuando murió. Y se perdió la posibilidad de verme disfrutar de mi soltería, de mi mal humor, de cómo me gusta despilfarrar la herencia familiar. Me encantaría refregarle en la cara que no me casé, que no tuve hijos, que sigo sin laburar, que vivo de la fortuna de la familia. Que no tengo nada de todo lo que ella quería para mí. ¿Sabés que sé lo que estás pensando? Cómo sigo viviendo en esta misma casa, la mansión de los Ortunez. Qué cómo siendo hija única, y sin necesitar pedirle permiso a nadie, no vendí todo, las fábricas, la casa, y no me fui a la mierda, a otro país, a disfrutar de la vida lejos de toda esta historia. Y creo que es porque una parte mía todavía quiere estrangularla. Ni siquiera envenenarla o pegarle un tiro. Quiero sujetarla bien fuerte con la cabeza hacia abajo, y mirarla a los ojos mientras le hundo los dedos en su cuello con toda mi fuerza. Y solo puedo hablar de esto con vos, porque la mayoría no me entendería. En este mundo tan hipócrita se da por sentado que todas las madres son buenas. Que por el solo hecho de ser madre, una mujer ya es una santa. Pues no, la mía no, la mía fue una reverenda hija de puta.

Sergio Cilla


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