Sordo ruido ~ Jorge Repiso

 

 

"Mucha gente, mucho entorno como perspectiva. El personaje pudo entrever como sería su vida dentro de los acotados límites de una barriada. Algo falló. Fue un quiebre de época o acaso, una forma distinta de pararse en ese mundo. Cuando la soledad es irremediable destino, de poco sirve rebelarse"

Sordo ruido

De pronto, los amigos de la agrupación cambiaron sus semblantes y emprendieron la retirada por una calle lateral. En un segundo, la realidad viró y el Gringo no entendió lo ocurrido o quizás, no quiso entenderlo para que doliera menos. Algo se había roto y al Gringo se lo veía aislado. Le hervía la cabeza y de tanto en tanto, se sentaba en el cordón de la vereda a tomar aire. Aturdimiento, sonidos sordos, miraba a la gente alrededor sin poder definir rostros o ropas. Una historia de fútbol en el campito, de campamentos llenos de música y de un modo de vivir la vida ya no tenían sentido.

Algo se había desinflado en el Gringo, tamaña desilusión a sus 20 años recién cumplidos. Durante una fría noche se largó a caminar por la ciudad y se perdió en los suburbios más sombríos hasta terminar en un bar madrugador. Hizo un balance; un bien pago trabajo de tornero, la casa de sus padres que algún día heredaría, sus amigotes de la primaria, los compinches de las luchas, Inés, la novia de siempre, y un ligero inconformismo. Salió del bar y volvió a vagar, esta vez por mucho más horas. ¿Qué te pasa, viejo? ¿No tenés nada para decir? Sus colegas lo azuzaban en los vestuarios del taller y el Gringo, como si no tuviera nada más por decir. Caminaba rumbo al torno a trabajar en el más absoluto silencio y detenía sus tareas para ir al baño. Un ruido continuaba en su cabeza y no era el de las máquinas, ese mismo ruido que desaparecía cada vez que imaginaba un extenso campo.

El barrio quedó atrás y a medida que el ómnibus avanzaba, el sonido. Sus padres vieron esa mañana la cama desecha, igual que siempre. Inés gastó las suelas de sus zapatos de tanto averiguar por él. En las reuniones se extrañaba su presencia seca y precisa. El Gringo vió extensiones cultivadas por primera vez en su vida y se bajó en el primer pueblo que le cayó bien. A los pocos días, depositó todo su dinero en una casa arrumbada y con un lote de tierra, a pocas cuadras del centro. Dio lo mismo para el Gringo estar solo o en compañía hasta que un día se puso a conversar con la hija del tractorista. Pocas palabras y mucho afecto mientras el sitio y los árboles verdeaban, los limones crecían con fuerza y las papas empujaban el suelo hacia arriba.

Las cosas se acomodaban con muy poco al tiempo que el Gringo escapaba de la escasa vida social del lugar. Nunca asistió a una ronda de naipes, tampoco a vueltas de copas en un boliche. Jamás leyó un diario y las noticias, sea por tierra o por aire, no le interesaron más. Un quiebre con la realidad que algún facultativo podría haber estudiado. El Gringo no molestaba a nadie pero todos hablaban de él. Despertaba sospechas su andar y los monosílabos y ante un mínimo comentario o pregunta, optaba por cerrarse o huir. Pasaron quince, veinte años, y no cambió. Los demás tampoco. Las horas pasaban por delante de la puerta entreabierta de su casa, las camionetas levantando polvaredas ya no eran tan cuadradas y andaban rápido, los hombres lo miraban al pasar pero al Gringo nada le importaba. Se ató a la rutina sabiendo que su mujer vendría a las siete cuando abandonaba su puesto en la central telefónica. Una rutina de siglos.

El Gringo contaba ahora con 48 años y aparentaba ser más viejo. Se dispuso a regar las plantas un mediodía cuando al ver el espantapájaros sintió deseos de sentarse. Escuchó a una pareja de aves, muy lejos, y al avión de las propagandas que rugía en el cielo. Dora vendría a almorzar pero no llegó y tampoco apareció por la tarde. A medida que el sol se ponía, se hacía más grande y rojizo, y Dora que no llegaba. Tanta soledad desde aquella tarde en la ciudad donde todo se quebró, el recuerdo de la plaza de las hamacas, las ilusiones, Inés y los últimos años, tan aislado y contento.

Quien sabe cuánto tiempo durmió. Quedarse tirado en la mecedora, entregado, esperando el nuevo día. Dora no estaba, tampoco los pájaros y el avión. El Gringo sonrió apenas y volvió a dormirse. No hubo otra cosa que aquel ruido interno. Tampoco y aunque sea, algún perro que le ladre.

Jorge Repiso

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