El diecinueve ~ Jorge Repiso

 

 

La historia es la de un gaucho de río y laguna con vivencias no muy distintas a las de sus colegas de las chatas pampas. Hombre de acción, mayormente rudo, dulce hasta la sorpresa a veces, poco adepto a vivir en otro lugar que no fuera al aire libre o acaso, con algo de techo de paja de lo cobije. Despreciado y adorado en libros y películas. Como todo gaucho, fatalista y argentino.

El diecinueve

Indalecio volvía al trote en la madrugada campera. Venía de una zona de arroyos, rumbeando para su rancho de pueblo. Eran un montón de leguas pero ya estaba acostumbrado. El sombrero de ala ancha ni se agitaba, el correaje lucía gastado aunque entero. Le hablaba al caballo, suavecito, y el bicho respondía con más velocidad. Todo era polvo y tierra, gritos al aire y salvajismo. Indalecio regresaba del baile que todos los sábados armaba Don Almirón. Al jornalero nada le importaba, ni la doña en la tapera, ni los chicos que se crían como gallinas. Marchaba al bailongo de todas formas pero antes, hacía una parada en un boliche de la curva para tomar unas cañas. De solo bajarse del animal ya escuchaban metales y taconeos bruscos en el piso. El color de su pañuelo al cuello delataba a qué jefe político obedecía.

Indalecio mató a dos que vinieron a arrinconarlo durante las pasadas fiestas patronales. Nadie dijo nada, ni se animaron. ¡Qué hijo del diablo!

El hombre que ya iba por los cuarenta y cinco de edad parecía más viejo y es que estaba curtido por los tabacales, las arroceras, las siestas en el remolque del tractor. Prometía para capataz pero el patrón lo tenía entretenido en otras cosas para no pagarle de más. Indalecio juntaba bronca y en los bailes peleaba hasta matar. No era jodido en su casa, ahí sí que era mansito. Jugaba con los críos como si fuera uno más de ellos y andaba con ganas de mandarlos a la escuelita. Ya habría tiempo para eso. En la madrugada del 25 de mayo pasado acuchilló al dueño de una camioneta, de esas que son altas y coloridas.

Su destreza con la faca comenzó a sus quince y por entonces se creía hombre. Jugaba con el filo hasta por debajo de las mantas. Zum, zum, zum, hacía la hoja en el aire. Para cuando tuvo veintidós años ya había enterrado a ocho paisanos. Hasta los toros lo miraban con miedo. Un día le dijeron para irse a Buenos Aires pero allá, las cosas se arreglaban a pura trompara y tiros, le contaron. Se quedó en sus tierras y lo más lejos que viajó fue hasta la frontera con el Brasil.

Indalecio se apeó, ató el tordillo y se metió en el rancho. La familia dormía y se dispuso a calentar agua para tomar mates hasta el amanecer. Tuvo tiempo para pensar, hacer un recuento de sus muertos que apilaba en su memoria. Se prometió a sí mismo que no iría al próximo baile pero fue, y las dos de la mañana lo provocaron tres hombres. Desenvainar para, en pocas estocadas, sacarse a la mayoría de encima. La trifulca se alargó más de la cuenta y un círculo se formó alrededor de los peleadores. Ni amagó la orquesta a recomenzar, solo se escuchó algún miedoso golpe de tecla de acordeón pero nada más. Indalecio confió en contabilizar su muerto diecinueve, se apretó la lengua con los dientes y el dolor lo impulsó hacia adelante. Cayó el diecinueve nomás.

Montó, y cuando pasaba por cerca de una tranquera vio de reojo al filo compañero, tan gastado ya. Llegó a su rancho y contempló la cría, calentó la pava y sintió cosquilleos en la barriga, puteó por lo bajo y en su mano izquierda notó algo de sangre. “Gringuito de mierda que me ensució”, se dijo, levantándose. Caminó cuatro pasos y el tramo hacia la cama se hizo largo. Sin dolor se acostó, cansado. “Mañana no es día de salir a cazar pajaritos”, lo escuchó decir su mujer.

Nunca despertó. Es que de tanto usar el cuchillo ni reparó en el acero rival. Una pena para Indalecio porque en la fiesta de la virgen pensaba despacharse al número veinte.

Jorge Repiso
Arte: Carlos Ferreyra

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