Sueño del Año 1971 ~ Marilú Zanella


Sueño del Año 1971 por Marilú Zanella

(un año de nacida)
Realidad o fantasía. Recuerdo inolvidable, inescrutable o profecía. Que voy a saber. El caso es que indiscutible, me propongo como de esos paradigmas de cuando es posible que un bebé puede guardar en su memoria las anécdotas más relevantes de su natalidad hasta la edad adulta. Todo es posible. Pero aquí va mi historia.

Recién casados mis padres adquirieron un departamento en la Nueva Santa María del DF. Mi hermano mayor ya tendría sus 3 años de edad ya para cumplir sus cuatro. El de en medio tendría a penas sus dos años y yo por su puesto, apenas vendría cumpliendo el año de nacimiento. Mi padre, habría de adquirir un viaje a los EU para visitar la deseable ciudad de los sueños, Disneylandia. Para esto yo era muy pequeña como lo he escrito; entonces mis alcances de reconocimiento apenas despertaban a la vida terrenal y magnífica. Sin embargo no he podido recordar hasta ahora, lo que alertó ver a mí alrededor y se movía, hasta que un sueño me lo reveló. Lo más curioso es que la distribución de los dormitorios de aquel departamento, son imborrables a pesar de mi tan corta edad.

Recuerdo bien, que eran dormitorios pequeños, nosotros dormíamos en uno sólo y mis padres en otro.
El dormitorio donde yacía mi pequeña cuna cama, estaba postrada a la pared dando la espalda a la puerta de la habitación continua. Mis hermanos dormían en camas en litera, estaban ubicadas del extremo derecho, también en la misma posición. Lo que nos dividía de era una ventana que daba a la calle y bloqueaba su paso un mediano cajonero.
El dormitorio de mis padres, era del mismo tamaño al de nosotros. La ventana también daba a la calle y su cama estaba ubicada lateralmente a un costado de la puerta. Al interior estaba ubicado un enorme ropero dejando un diminuto pasillo de entre la cama y el mueble y del otro extremo una pequeña cómoda pegada a la cama y luego junto a la pared de la ventana.

Esa noche en especial, una de tantas comunes, desperté por la madrugada ya que algo alertó mi descanso. Al abrir mis ojos, lo primero que asentí fue una inquietud escalofriante y pavorosa al ver lo que la mirada me mostraba. Mientras que abatía la oscuridad de la habitación a instancias de la noche, pude observar que en los pies de mi cama, yacían seres extraños que denotaban una alegría acérrima frente a mí. Llenas de un colorido extravagante y tenaz. Ahora lo puedo decir y asegurar quienes eran, porque seguramente en ese momento, tan sólo eran seres estrafalarios; vigorosos. Pero también monstruosos. Una bruja con enorme sombrero y nariz de gancho, se hallaba parada a un costado de la diminuta cama. Agitando con una enorme espátula el contenido de una poción que ardía dentro de una olla de barro gigante.

Su risa era tan fúnebre como ella misma, y de la cual comenzó a ponerme nerviosa y llenarme de miedo. No pretendía moverme, porque eso implicaría distraerla de su afanosa tarea y descubrirme al percatarse de mi presencia. Sin embargo, no se encontraba sola. La acompañaban 7 pequeños hombrecitos vestidos de traje color rojo, con cachucha roja y largas barbas blancas quienes también sonreían al compás del movimiento de la espátula y de una música que trascurría en el unísono del pequeño dormitorio. Entre ellos, estaba una hermosa mujer vestida de un traje largo de tonalidades destacadas entre el rojo, azul y amarillo. Su cabello era corto, apenas le llegaba a los hombros. Sostenido por una banda amarilla que decoraba su frente blanca. Ella era mucho más alta que los demás. Sonreía y cantaba junto con todos ellos las coplas de esa canción confusa. Luego, miré el ropero que estaba invadido por varios personajes similares. Ahí estaban sentados tres cochinitos de complexión similar y no tan grandes. Vestían trajes de azul intenso como si fuesen marineros. Y a un lado de ellos, un perro con orejas muy grandes y dos dientes que pendían de su enorme boca. Todos ellos se manifestaban muy alegres, cantando y bailando e ignorando mi presencia, por su puesto mis hermanos quienes estaban profundamente dormidos no se daban cuenta del festín que se estaba dando dentro de la habitación. Me encontraba horrorizada, en un estado de inmovilizado miedo. Procuré tallar mis ojos, según yo, pensando que tal vez no era real, ni siquiera la conciencia de una limitada imaginación. A lo sórdidamente desconocido rompí en llanto. Mientras que mi padre, quien probablemente asintió mi ánimo vestía o se ponía las pantuflas, una pequeña mariposita de color verde brillante revoloteaba la frente de mi hermano el de enmedio, él dormía en la litera de abajo, quien no se despertaba ni aunque yo quisiera. Esa pequeña mariposita tenía cara de niña; una niña linda con cabello color blanco, alas aperladas, que al momento de agitarlas desprendían pequeñas lucecitas amarillas muy intensas.

Un duende también con traje color verde tenía su ceño fruncido, mostrando así su enojo al ver a esta pequeña mariposa juguetona. Era mucho más grande que ella, como de la estatura de mi hermano mayor. Portaba un gorro también de color verde que cubría sus cabellos dorados; en forma de pico. Sobresalían sus orejas afinadas. Era muy delgado y se observaba ágil a su complexión. Pero yo no detuve mi súplica de rescate. Me sentía invadida por seres (pensado ahora extraterrestres) que corrompían la paz de mi descanso. Así decidí no parar de llorar hasta que alguien digno de la familia pudiera salvarme de tan acelerada invasión. Y así fue. Mi padre, quien abrió la puerta de la habitación ocurrió la magia esperada al encender la luz. ¡Todos habían desaparecido! todos huyeron con la entrada triunfal de mi protector aún caminando con tambaleos al estar semidormido. Me colocó entre sus brazos y con su voz privilegiada que al entrar en contacto con mis tímpanos, provocó la sosegada aclamada calma. Me llevó a su recámara y me aferré a él como si quisiera esconderme de entre sus huesos para no ser perseguida por esa invasiva compañía de locos extravagantes. Por un momento me sentí a salvo, Ya nada podría escandalizarme… con firmeza despertaría entre el calor de mamá y papá.

Al llevarme a su habitación, todo parecía perfecto. Ahí terminaría aquella experiencia de espanto. Me puso a un costado de mi madre y ella se acomodó de tal manera que pudiéramos acurrucarnos los tres y así adentrarnos nuevamente en el profundo y ansioso sueño. Al apagar la luz nuevamente, cerré mis ojos para conciliar el interrumpido descanso. Sin embargo, era difícil volver a dormir. Cerrados los ojos permanecía despierta, lo cual me impedía aún el poder olvidarme de lo sucedido y entonces abrí los ojos nuevamente. ¡Cual fue mi sorpresa al ver que también estaban en la habitación de mis padres, ya no los personajes en camuflaje de fantasía, sino que también éramos invadidos por tribus de indios caras pálidas con enormes hachas, sostenidas por sus manos, con enormes cabellos negros llegados a la cintura y pintados de mapaches con plumillas en la cabeza! Lo peor de ese momento es que ellos si estaban en posición de ataque en la cama de papá y mamá. Mientras que uno se encontraba en su choza otro me miraba fijamente aguardando cualquier movimiento en falso que pudiera dar. Ni hablar, estaba con mis padres. Ante su compañía y su calor protector sentía que me cuidarían y velarían mi sueño, mientras tanto, cerré mis ojos esperando a que esa noche, tuviera un pronto final…

Marilú Zanella
Fotomontaje: Magaly Ávila.

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