Toscana II ~ Mónica Gómez

Seguimos desovillando la historia de Anna, que parece haber encontrado un gran amor lejos de su abusador marido. ¿Será ésta por fin su felicidad?

Si no has leído la primera parte, comienza aquí: Toscana I

Toscana II

A espaldas de todos, nació entre Anna y el plomero un amor telenovelesco. Él se recorría ciento cincuenta kilómetros hasta Milán exclusivamente para estar con ella en ese hotelito que ya casi habían hecho su hogar. Giorgio estaba de novio y planeando su casamiento pero a los pocos meses, dejó a su novia y se dedicó de lleno a Anna.

-Mi corazón no tiene espacio para ninguna otra –decía.
-Como el mío, es totalmente tuyo –respondía ella-. Lástima que…
-Shh, no digas nada, yo no te pido nada. Entiendo que tus hijos son lo más importante en tu vida y no es mi intención competir con ellos.
-Yo sólo te pido que esperes el momento oportuno en que me pueda separar con el menor dolor posible.
-Mi amor, ya te dije, no te pido nada.

Por un par de años continuaron su historia de amantes furtivos y hasta parecía que Giorgio estaba cómodo en ese papel pero llegó un momento en que quiso más. Anna también quería más. La relación con su marido estaba totalmente deshecha pero el duque no quería ni hablar de divorcio ya que no era socialmente aceptable. Incluso la bebida estaba bien, ¿pero divorciarse? Eso jamás. Era mejor mentir y mostrar lo que no era que admitir la realidad.

Los mellizos tenían doce años y tampoco estaban listos para vivir el caos que se venía si Anna tomaba una decisión drástica. Siguieron amándose a escondidas hasta que la presión de Giorgio se hizo más y más insistente. El amor entre ellos era inigualable, eran compinches, pareja, amigos, compañeros. Anna jamás se había sentido tan mujer y tan amada. Pero todo entre cuatro paredes.

-No es justo, no nos merecemos esto, nos merecemos mucho más, nos merecemos poder ir por la calle juntos, tomados de la mano y riéndonos –se lamentaba Giorgio.
-Tenés razón, y yo quiero lo mismo tanto o más que vos, pero la realidad es que tengo miedo.
-¿Miedo?
-Si, a una reacción agresiva de mi marido, a provocar un dolor a mis hijos –dijo con tristeza.
-Tenés que hablar con ellos, amor, y contarles la verdad. Ya son grandes y pueden comprender.

Anna entonces se jugó y decidió ser fiel a su corazón. Había vivido varios años su amor de cautiverio. Era hora de ser ella misma. Como era de esperar, el duque puso el grito en el cielo cuando ella le dijo que – divorcio o no – ella se iba de la casa. Lo que no se esperaba era que pidiera la custodia de los chicos.

Anna trató de explicarles lo mejor que pudo lo que había pasado en esos años. Ahora ya tenían quince y estaban en condiciones de entender. Los chicos reaccionaron muy mal al inicio pero querían a su mamá y sabían que no era feliz, por eso aceptaron y le pidieron al padre que los dejara vivir en su casa con su mamá. ¡Por fin era libre! Cuando le dio la noticia a Giorgio festejaron en un restaurante. Fue su primera salida oficial y estaban rebosantes de alegría.

-Ahora falta que me presentes a tus hijos.
-Bueno, amor, dame tiempo. Recién están elaborando el divorcio.
-Claro que te doy tiempo, mi vida, ¡cómo no!

Pero no fue tan así y Giorgio volvió a presionar. Quería todo, y de algún modo, tenía razón –pensaba Anna. Cuando llegó el cumpleaños de Anna y organizó una pequeña reunión, fue el momento ideal, así de paso tenía el apoyo moral de sus amigas.

Giorgio apareció con cuarenta y dos rosas rojas, la edad que cumplía Anna. Los mellizos se dieron cuenta enseguida y Anna tampoco hizo nada por ocultarlo pero lo terrible fue que lo reconocieron. Era una cara familiar de cuando iban al mar... ¡el plomero! Y no lo soportaron. No que fuera plomero. Podría haber sido el presidente de la República. Lo que les dolió es que se dieron cuenta que la relación venía de larga data y acusaron a su madre de mentirosa y prostituta. Llamaron a su padre y a la mañana siguiente se fueron con él. Vanos fueron los intentos de Anna de explicarles todo el sufrimiento que había pasado durante todos esos años y cómo había ocultado siempre los problemas con el duque.
-Mas bien lo que ocultaste fue tu relación con ese plomero –recriminó uno.
-Y muy infeliz que digamos no habrás estado, ¿no? –acusó el otro.

Anna estaba destrozada.
-Ya se les va a pasar –la consolaba Giorgio.
-Espero que sí, porque mi corazón está hecho trizas –lloraba-. Menos mal que te tengo a vos.
-Sí, amor, me tenés a mi.

En esos días, el duque la dejó sin casa y sin hijos. Anna llamó a Giorgio.

-Me voy a vivir con vos... en realidad, no tengo donde ir –dijo Anna entrecortada.
-¿Cómo? No, no, no es bueno eso.
-¿Qué decís? –se sorprendió ella.
-Tenés que quedarte en Milán, cerca de tus hijos.
-¡Pero no quieren verme!
-Ya te dije, se les pasará, quedate tranquila.
-Bueno, al menos, ¿puedo ir a pasar unos días a tu casa?
-Eh... –titubeó- no, disculpame pero no.
-¿Qué pasa, Giorgio? –preguntó temiendo algo malo.
-Es que está Ariana –respondió como en un susurro.
-¿Quién?
-Ariana, mi ex.
-¿Y qué hace ahí?
-Ya te voy a explicar cuando te vea. Ahora tengo que dejarte.

Continúa aquí con la tercera y última parte: Toscana III

Mónica Gómez

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